Por la Redacción del Diario ASDF

Madrid — España lleva años intentando definirse políticamente: que si democracia parlamentaria, que si régimen del 78, que si “plena normalidad institucional” según dicen unos, o “distopía reaccionaria” según dicen otros. Sin embargo, una nueva corriente sociopolítica empieza a tomar fuerza entre los analistas más osados del país: la posibilidad de que España no sea una democracia, ni una monarquía encubierta, ni un laboratorio sociológico de influencers venidos arriba, sino algo mucho más concreto y, a la vez, mucho más español: una charocracia.

El término, para quienes aún no habitan en el ecosistema digital, define de manera más o menos precisa el dominio cultural, político y moral de cierto tipo de usuaria de redes sociales que responde al estereotipo viralizado como “Charo”: hiperactiva en debates públicos, inflexible en cualquier posición ideológica, experta en lanzar denuncias a tres velocidades y políticamente más contundente que un megáfono tuneado con pancartas de “Ni una menos”. Una charocracia, según los expertos, sería aquel sistema en el que este perfil pasa de ser simplemente ruidoso a ser estructural.

Para analizar si España efectivamente ha caído —o se ha entregado de forma voluntaria— a esta peculiar forma de organización sociopolítica, el Diario ASDF presenta los 10 signos claros e innegables de que la charocracia no solo existe, sino que podría estar redactando ya el BOE mientras nadie mira. Y sí: hemos hablado con politólogos imaginarios, sociólogos con tiempo libre y vecinos metidos a opinadores profesionales para confirmarlo.


1. El estado de opinión permanente: si no opinas, no existes

En una charocracia consolidada, el silencio está prohibido. No literal, pero casi. La ciudadanía ya no tiene la posibilidad de limitarse a observar un acontecimiento sin publicar un comentario indignado, una reflexión moralizante o un hilo de 27 puntos sobre lo que “de verdad importa”. España vive actualmente en un ecosistema donde no reaccionar equivale a complicidad, no compartir equivale a traición y publicar un solo “no sé” puede interpretarse como terrorismo emocional.

Lo más llamativo es que nadie tiene claro quién dicta esta obligación de participación constante, pero todo apunta a que el Ministerio del “Ya te vale, cariño” está funcionando a pleno rendimiento.


2. La denuncia masiva como deporte nacional

Si alguien pensaba que España era potencia mundial solo en fútbol, jamón y discusiones sobre rotondas, se equivocaba. La charocracia ha introducido una nueva disciplina olímpica: la denuncia masiva online.

Un chiste mal contado se considera un delito de odio, un comentario irónico se asimila a una agresión verbal y un mal gesto en un vídeo de TikTok puede derivar en cinco mil usuarios señalando al infractor con la precisión del Ojo de Sauron. En la charocracia, la justicia no se imparte en los tribunales, sino en comentarios fijados.

La frase más repetida del último año es, de hecho, un clásico charocrático:
“Denuncia puesta, cielo.”


3. La moralización absoluta del carro de la compra

España siempre ha sido un país donde la política se cuela en todo: en el bar, en el fútbol, en la sobremesa y hasta en la temperatura del aire acondicionado. Pero en una charocracia avanzada, la politización alcanza su máxima expresión: la moralización del supermercado.

Elegir una marca de leche puede convertirte en fascista, escoger la otra te convierte en comunista. Si compras un aguacate eres gentrificador; si no lo compras, eres negacionista climático. Y si eliges una cerveza según precio, eres clasista; si la eliges según marca, eres alienado; si no bebes cerveza, directamente sospechoso.

La charocracia convierte cada producto en una declaración ideológica involuntaria. Todo se interpreta, todo se juzga, todo se sube a Twitter.


4. El algoritmo de TikTok como nuevo oráculo institucional

En cualquier sociedad moderna hay instituciones que influyen en la opinión pública: los medios de comunicación, los parlamentos, los expertos. En España, sin embargo, la charocracia delega la autoridad suprema en una entidad superior: el algoritmo de TikTok.

No importa la complejidad del asunto —desde la reforma del sistema de pensiones hasta los presupuestos generales—. Todo queda resumido en vídeos de quince segundos protagonizados por alguien que señala palabras flotantes con música de Bad Gyal de fondo. La charocracia no busca profundidad, busca claridad emocional y confirmación instantánea.

Si el algoritmo dice que algo es machista, clasista o sospechoso… lo es. Y punto.


5. El auge del ‘comando comentario’

En la charocracia, nada se deja al azar. Existen grupos organizados —semiimaginarios, pero muy eficientes— conocidos como comandos de comentario, capaces de acudir en masa a cualquier publicación que no encaje con la ortodoxia charil.

Da igual que el post sea de un político, de un influencer o del dueño de una panadería que ha publicado una foto de una barra de cuarto. El comando llega, comenta, sentencia, exige disculpas, exige rectificación, exige un proceso reeducativo público y, si hace falta, exige también la caída del gobierno.

Lo importante no es la magnitud de la falta, sino la contundencia del correctivo.


6. El poder legislativo del trending topic

En otros países, las leyes se debaten meses. En la charocracia española, la regulación se hace en tiempo real según suben y bajan los trending topics. Si una madrugada alguien hace un hilo viral denunciando que su vecino ha llamado “bonita” a su perra, al día siguiente ya hay un anteproyecto de ley en borradores.

Las decisiones políticas no se toman en despachos: se toman en timelines. Y, curiosamente, nadie lo cuestiona. El Parlamento, en esta lógica, queda relegado a un papel testimonial: es el notario que certifica cosas que ya se han decidido en un espacio donde las únicas normas son las del algoritmo.


7. El feminismo convertido en franquicia de consumo rápido

Uno de los pilares de la charocracia es la apropiación acelerada de causas sociales para convertirlas en contenido empaquetado. El feminismo, por ejemplo, deja de ser un movimiento político y se transforma en una especie de “franquicia moral” que se puede activar en cualquier momento como comodín en un debate.

La charocracia convierte cualquier situación cotidiana —que un perro ladre a otro, que un camarero tarde más de un minuto en traer la cuenta, que un ascensor cierre demasiado rápido— en una oportunidad para un alegato político de 20 historias en Instagram.

La lucha por la igualdad, en la charocracia, es simultáneamente omnipresente y superficial: aparece en todo, pero sin contexto alguno. Lo importante es ganar la discusión, no transformar la realidad.


8. La incapacidad estructural para pedir perdón

Uno de los síntomas más visibles de la charocracia es que nadie, absolutamente nadie, admite nunca haber exagerado, haberse confundido o haber acusado en falso. La estructura emocional del sistema impide el reconocimiento del error: si una charo se equivoca, el error no existe. Lo que existe es que “no se ha entendido bien”, o “lo importante es el mensaje”, o “lo realmente grave es lo que tú no estás viendo”.

En una charocracia, la culpa siempre la tiene otro. Preferiblemente un hombre. Preferiblemente uno que no haya publicado el tuit adecuado a tiempo.


9. El privilegio emocional como eje político

La charocracia ha introducido un nuevo sistema de jerarquías no basado en la economía, ni en el poder, ni en la influencia institucional, sino en algo mucho más intangible: las emociones.

Las políticas públicas, los debates, las conversaciones y hasta las noticias deben girar en torno a cómo se siente un grupo concreto de personas. Si se sienten atacadas, el estado debe reaccionar. Si se sienten incómodas, la sociedad debe adaptarse. Si se sienten cansadas, el resto debe parar.

Es el único sistema político del mundo donde las lágrimas tienen rango jurídico. El sufrimiento subjetivo pasa a ser un indicador cuantificable para cualquier reforma, y quien no lo entienda, claramente, está oprimido por su propia ceguera emocional.


10. La sustitución del debate por el regañamiento

Finalmente, el signo más claro e inequívoco de que España vive en una charocracia es la desaparición del debate público como espacio racional. En su lugar, la dinámica dominante es el regaño colectivo.

Cuando surge un tema —cualquiera, desde la contaminación de los ríos hasta el color del vestido de una presentadora— la respuesta de la charocracia no es debatirlo, sino regañar a quienes no han adoptado ya la postura correcta.

La figura de la charo no discute: instruye. No dialoga: sentencia. No escucha: te explica por qué estás equivocado antes de que abras la boca.

La charocracia se parece, en cierto modo, a volver al colegio. Solo que ahora las profesoras no llevan gafas de pasta, sino perfil en Twitter y una biografía que dice: “No me toques las narices”.


Conclusión: ¿es España una charocracia?

Aunque las instituciones oficiales lo nieguen —probablemente por miedo a que les citen en un hilo de 200 tweets lleno de capturas verdes—, los síntomas son preocupantemente claros. España está viviendo una mutación política insólita: no gobierna un partido, ni una élite económica, ni un consejo de sabios. Gobierna un estado de ánimo colectivo tan intenso que puede derribar carreras, hundir negocios o provocar debates nacionales por un comentario en TikTok.

¿Es reversible? Los expertos consultados prefieren no mojarse. La charocracia no admite matices. Lo que sí está claro es que, si alguien intenta proponer un modelo alternativo, tendrá que enfrentarse al escrutinio despiadado de miles de usuarias que no duermen, no abandonan y no perdonan.

Puede que la charocracia no esté recogida en la Constitución, pero la Constitución tampoco menciona los grupos de WhatsApp familiares y aquí seguimos, sobreviviendo. Quizá la clave no sea luchar contra el fenómeno, sino aprender a navegarlo con humor, cautela y, sobre todo, silencio estratégico. Aunque eso último, por supuesto, en una charocracia es pecado mortal.

España, una vez más, se reinventa. Y esta vez lo hace a golpe de indignación viral.

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~ Atribuida a un anónimo lector del Diario ASDF, siglo XIV.

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