DIARIO ASDF — Edición Nacional
Durante años —bueno, en realidad solo catorce meses, pero en Internet eso equivale a una vida entera— Antolín Pulido ha sido uno de los activistas más peculiares del panorama digital español. Su causa era simple, directa y, según sus seguidores, “emocionalmente liberadora”: romper folios impresos con la cara de personas que él considera fachas, una categoría que Antolín utiliza con la misma flexibilidad semántica que la RAE cuando define coger.
Sus vídeos, grabados casi siempre en vertical y con el entusiasmo de un profesor sustituto el último día antes de vacaciones, se convirtieron en un formato reconocible: él frente a la cámara, mostrando un folio recién impreso con la cara de un político, periodista, tertuliano, vecino o cuñado que le incomodase, seguido de una destrucción ritual del papel. A veces lo rompía a dos manos, otras a tiras, otras en diagonal (su “etapa experimental”), y una vez incluso lo trituró con los dientes, lo que le valió un pequeño homenaje entre sus fans y una caries.
Sin embargo, algo insólito ha ocurrido esta semana: Antolín no publica ningún vídeo nuevo desde hace varios días. Ni un solo folio desgarrado, ni siquiera un simple amago de arruga. Sus cuentas permanecen en silencio, y su última historia de Instagram consistía únicamente en una foto desenfocada de una bandeja de entrada llena de correos sin leer. No había nada más. Ni un texto. Ni un emoji. Ni un folio.
El vacío ha sido suficiente para desatar una oleada de especulaciones. ¿Qué ha pasado con Antolín Pulido? ¿Por qué ha dejado de romper folios? ¿Acaso ha abrazado el minimalismo? ¿Se ha pasado al origami? ¿Ha descubierto que las impresoras caseras, en realidad, nunca funcionan más de tres días seguidos?
El Diario ASDF ha investigado a fondo para ofrecer todas las hipótesis posibles —y también las imposibles— sobre esta inesperada desaparición del activista más destructivo del A-4 español.
1. ¿La impresora ha muerto? El drama tecnológico más probable
La primera teoría, mencionada por cientos de seguidores en los comentarios, es sencilla: su impresora finalmente ha dicho basta. Y, siendo sinceros, es la explicación más cercana a la experiencia real de cualquier ciudadano español con este tipo de tecnología.
Una impresora doméstica promedio puede aguantar, con suerte, medio año de documentos del trabajo, dos DNIs impresos por error a tamaño póster y un par de fotografías familiares que salen verdes aunque uno jure haber configurado bien el color. Pero ¿imprimir 300 caras de fachas al mes? Eso supera cualquier contrato de garantía.
Un usuario anónimo de su comunidad de Telegram, conocido solamente como Foliator69, ha filtrado un dato inquietante: “La impresora de Antolín ya llevaba tiempo haciendo un ruido raro, como de fax cabreado”.
Otro seguidor afirma que Antolín se quejó hace dos semanas de que su impresora no reconocía los cartuchos compatibles, y que él, por principios ideológicos, se negaba a pagar los precios oficiales de la marca. “Antes me rompo yo que pagar 57 euros por la tinta negra”, escribió supuestamente en un mensaje que ya no está disponible.
Si a esto sumamos la estadística nacional —90% de las impresoras fallan, el 10% restante simplemente se niegan a cooperar—, es razonable pensar que su máquina de guerra haya decidido rendirse.
2. ¿Se ha quedado sin tinta? La tragedia del activista que imprime demasiado
Otra posibilidad, propuesta por algunos de sus enemigos ideológicos, es que Antolín haya entrado en pobreza tintaria, una condición extremadamente común entre estudiantes, opositores y padres que intentan imprimir el menú del colegio.
Cada vídeo suyo requiere imprimir un folio nuevo. Un folio que, además, debe mostrar el rostro del antagonista con nitidez suficiente como para que la destrucción sea catártica. Antolín siempre ha insistido en mantener la calidad de impresión al máximo, “para que el fascismo se vea pixelado pero no demasiado”.
En estimaciones conservadoras, cada rostro gastaría entre un 4% y un 7% del cartucho negro, dependiendo de la densidad capilar del retratado. Eso significa que, en solo dos semanas, puede haberse fundido varios cartuchos.
Aquí surge una pregunta crítica: ¿ha tenido Antolín problemas para reponer tinta? ¿O peor: ha descubierto que la tinta de impresora cuesta más por mililitro que los perfumes de lujo?
Algunos creen que su silencio es, básicamente, un duelo económico.
3. ¿Secuestro eco-papelero? Una conspiración verde y reciclada
También se ha planteado una teoría más extrema —pero sorprendentemente popular—: colectivos ecologistas le han secuestrado los paquetes de folios.
Según esta hipótesis, organizaciones defensoras de los bosques, hartas de que Antolín contribuya a deforestar media Galicia solo para romper papel con rabia ideológica, habrían decidido intervenir de manera directa. No contra él, sino contra su suministro.
No habría violencia, solo sabotaje moral. Cada paquete de folios que Antolín pidiera por Amazon desaparecería misteriosamente del portal. Cada caja de papel DIN-A4 enviada por una papelería local sería interceptada, sustituida por manuales sobre reciclaje emocional o, en un caso denunciado por un supuesto amigo del activista, por un pack de libretas hechas de residuos de café.
La plataforma “Bosques Sin Filtros” (que no ha confirmado ni desmentido su implicación) publicó un mensaje en redes que muchos han interpretado como una advertencia:
“El papel es un recurso valioso. Algunos lo rompen; otros construyen con él un futuro sostenible”.
No mencionan a Antolín directamente, pero los expertos en drama digital aseguran que la indirecta es más directa que un tutorial de Ikea.
4. ¿Cansancio, burnout o introspección filosófica del rompe-folios?
Una hipótesis menos comentada, pero igual de razonable, es que Antolín simplemente esté cansado. Cansado de imprimir. Cansado de romper. Cansado de que cada debate político le obligue a consumir más celulosa.
Romper folios puede parecer una actividad sencilla, pero hacerlo cada día, con emoción, energía y convicción política, podría desgastar a cualquiera. La repetición del gesto, la logística de impresión, la búsqueda constante de nuevas caras… Todo eso podría haber generado en él un agotamiento creativo.
Quizá Antolín se encuentre ahora mismo en un retiro espiritual sin folios, meditando en posición de loto, reflexionando sobre la existencia y preguntándose si hay vida más allá del gramaje de 90 gramos.
5. La hipótesis del salto profesional: ¿ha pasado al cartonaje?
Algunos seguidores, menos alarmistas y más optimistas, sugieren que Antolín podría estar preparando una evolución del formato. Tal vez haya decidido que romper folios ya no es suficiente. Tal vez esté planeando romper algo más grande, simbólico, contundente.
Cartón. Paneles de corcho. Pósters tamaño A2. Quién sabe: incluso un mueble de Ikea con la cara de algún ministro.
Esta teoría sostiene que su silencio es estratégico, diseñado para reaparecer de manera espectacular. “Es como cuando Rosalía dejó de tuitear”, dice un comentario. “Algo se está cociendo”.
6. Un giro inesperado: ¿se ha reconciliado con el papel?
Existe una línea teórica más poética: que Antolín Pulido haya tenido una revelación estética. Quizá un día se despertó, vio un folio en blanco y sintió compasión. Vio en él pureza, potencial creativo, un espacio de infinitas posibilidades, y pensó:
“Quizá no debería romperte. Quizá debería escribir en ti. O dibujar”.
Esto ha generado rumores sobre su posible incorporación al mundo del bullet journal, de la caligrafía artística o del haiku socialista.
De confirmarse, sería el giro más inesperado desde que un tuitero de extrema izquierda abrió un huerto urbano y acabó recomendando fertilizantes orgánicos sin ironía.
7. ¿Presión legal o advertencia administrativa?
Algunos opinan que la razón de su desaparición puede ser menos técnica y más burocrática. Romper folios no es ilegal, pero imprimir fotografías de personas sin permiso, aunque sea para despedazarlas, puede generar conflictos, especialmente si la imagen proviene de cuentas ajenas o de medios protegidos.
Aunque no existe evidencia de denuncias formales, es posible que alguna entidad le haya enviado un aviso, un burofax o una carta con membrete institucional. En el mejor de los casos, una recomendación de no seguir publicando vídeos sin revisar ciertos derechos de imagen. En el peor, una citación para “aclarar usos indebidos de material gráfico”.
Esto habría provocado, comprensiblemente, una pausa prudente.
8. La teoría apocalíptica: ¿y si se ha quedado sin enemigos?
Un sector minoritario de seguidores cree que lo imposible ha ocurrido: ya no queda nadie nuevo que imprimir. Que Antolín ha llegado al final de su lista de fachas y se enfrenta a un vacío existencial descomunal.
¿A quién romper ahora?
¿A quién arrugar?
¿A quién desgarrar simbólicamente?
Quizá esté en periodo de reflexión, elaborando una nueva clasificación ideológica que le permita expandir su universo narrativo. Quizá esté esperando que aparezcan nuevos rostros públicos que irriten su sensibilidad política. O tal vez haya descubierto que etiquetar a la gente es agotador.
Conclusión: Antolín, vuelve. El folio no se romperá solo
Mientras la comunidad debate, especula y dramatiza, la realidad es simple: Antolín no da señales de vida digital. Y su ausencia deja un hueco peculiar en el ecosistema de la protesta performativa española.
Sea un problema de tinta, un conflicto ecológico, un colapso emocional o un renacimiento artístico, lo cierto es que los folios permanecen enteros. Inmaculados. Intactos. En paz.
Y aunque algunos aplauden la tregua, otros ya lo echan de menos. Porque, en el fondo, España siempre ha tenido una relación complicada con el papel: lo redacta, lo sella, lo firma, lo imprime, lo archiva… pero rara vez lo rompe con pasión revolucionaria.
Solo Antolín lo hacía.
Y ahora, el país espera.
Vuelve, Antolín. Tu impresora puede fallar, tu tinta puede secarse, pero tu público sigue aquí, refrescando tu perfil cada pocas horas, preguntándose dónde estás y qué demonios le ha pasado a tu paquete de folios.
