Redacción ASDF — 17 de diciembre de 2025

En un país acostumbrado a que los titulares duren menos que una promesa electoral en periodo de reflexión, hoy la actualidad ha decidido repetir estribillo. Cae otro de los pajaritos rojos. No es una metáfora meteorológica ni un documental de La 2 sobre aves migratorias. Se trata, una vez más, de un capítulo judicial que salpica a uno de los integrantes más conocidos del ecosistema digital conocido como los pajaritos rojos (RedBirds), un conglomerado informal de perfiles, activistas de teclado, opinadores profesionales y expertos en bloquear a quien no esté de acuerdo.

El protagonista del día responde a las iniciales J.E.S., nombre suficiente para que todo el mundo sepa de quién se habla y, al mismo tiempo, nadie tenga que hacerse responsable de haberlo entendido. J.E.S., conocido integrante de los pajaritos rojos, ha sido condenado por acoso en el día de hoy, 17 de diciembre de 2025, poniendo fin —al menos de momento— a una trayectoria pública marcada por la denuncia constante, la superioridad moral autoasignada y una curiosa alergia a la autocrítica.

Una condena que nadie vio venir (según ellos)

La sentencia, hecha pública esta mañana, ha caído como un jarro de agua fría en el aviario digital progresista. No porque el caso fuese desconocido —el procedimiento llevaba meses circulando en corrillos, hilos de Telegram y mensajes en clave— sino porque, como suele ocurrir, la condena siempre sorprende cuando le toca a uno de los tuyos.

Hasta ayer, J.E.S. era descrito por sus compañeros de vuelo como un “activista incansable”, un “referente ético” y, en días especialmente inspirados, “una persona necesaria en la lucha contra el odio”. Desde hoy, esas descripciones han pasado a un prudente segundo plano, sustituidas por un silencio estratégico, algún tweet ambiguo sobre “respetar las decisiones judiciales” y un número récord de cuentas que casualmente han dejado de seguirle en cuestión de horas.

Quién es J.E.S. según J.E.S.

Para entender la dimensión del caso conviene recordar quién era J.E.S. antes de convertirse en noticia judicial. Miembro activo de los pajaritos rojos, su presencia en redes sociales se caracterizaba por una hiperactividad notable, una capacidad infinita para detectar micromachismos a kilómetros de distancia y una habilidad aún mayor para explicar por qué los errores propios siempre eran culpa del contexto.

En su biografía digital nunca faltaron palabras como “antifascista”, “activista”, “concienciación” y, por supuesto, un emoji de puño en alto. Durante años, J.E.S. fue uno de los encargados de señalar comportamientos ajenos, exigir dimisiones inmediatas y redactar hilos kilométricos explicando por qué determinadas actitudes eran inaceptables en una sociedad avanzada.

Hoy, irónicamente, es una sentencia la que explica por qué su comportamiento sí lo era.

El caso: del ruido al juzgado

Según fuentes judiciales, la condena por acoso se basa en una serie de conductas reiteradas que, analizadas con algo menos de pasión ideológica y algo más de Código Penal, no resistieron el más mínimo barniz moral. Mensajes insistentes, presión continuada y un patrón de comportamiento que el tribunal ha considerado suficientemente probado como para dictar condena.

No se trata, como ya se ha intentado insinuar desde algunos sectores, de “un malentendido”, “un contexto sacado de quicio” o “una persecución política”. Se trata, sencillamente, de hechos probados. Algo que, curiosamente, suele reivindicarse con entusiasmo cuando el acusado pertenece al bando contrario.

Reacciones: manual básico de crisis en redes

Las reacciones a la condena de J.E.S. han seguido un guion perfectamente reconocible. En primer lugar, la fase de negación: “No puede ser”, “esto huele raro”, “seguro que hay gato encerrado”. En segundo lugar, la fase de minimización: “Bueno, acoso… habría que ver qué entendemos por acoso”. Y finalmente, la fase de distanciamiento: “Yo nunca fui muy amigo suyo”, “no representaba al colectivo”, “era un verso suelto”.

Mientras tanto, los perfiles más hábiles han optado por borrar tweets antiguos, cerrar hilos incómodos y recordar oportunamente que “nadie está por encima de la ley”, una frase que siempre queda bien cuando llega con retraso.

Los pajaritos rojos y el eterno problema del espejo

El caso de J.E.S. vuelve a poner sobre la mesa una cuestión incómoda para los pajaritos rojos: la dificultad crónica para mirarse al espejo. Durante años, este entorno ha construido su identidad sobre la denuncia constante del acoso, la toxicidad y los abusos de poder… siempre que ocurran fuera de su perímetro.

Cuando el señalado es propio, el discurso se vuelve flexible, casi elástico. Donde antes había certezas absolutas, ahora aparecen matices. Donde antes se exigían consecuencias inmediatas, ahora se pide tiempo, contexto y comprensión.

La condena de hoy no es solo la caída de un individuo. Es también un recordatorio de que los principios, para serlo, deben aplicarse incluso cuando incomodan.

Un silencio que hace ruido

Resulta especialmente llamativo el silencio de algunas de las voces más influyentes del colectivo. Aquellas que no dudaban en pedir cabezas ajenas ahora practican una discreción monástica. No hay comunicados, no hay hilos explicativos, no hay pedagogía moral.

El silencio, en este caso, no es prudencia: es estrategia. Porque cualquier posicionamiento claro obligaría a reconocer lo evidente: que el problema no era solo “el sistema”, “la derecha” o “el machismo estructural”, sino personas concretas tomando decisiones concretas.

La justicia, ese concepto tan relativo

Uno de los argumentos más repetidos en las últimas horas es que “hay que respetar a la justicia, aunque no siempre estemos de acuerdo”. Una frase impecable, si no fuera porque suele desaparecer del vocabulario cuando las sentencias no encajan con el relato propio.

Hoy, la justicia es válida porque no queda otra. Mañana, cuando el condenado sea otro, volverá a ser “facha”, “retrógrada” o “instrumentalizada”. La coherencia, como siempre, es opcional.

¿Y ahora qué?

La pregunta que sobrevuela el aviario es qué pasará ahora con J.E.S. y con los pajaritos rojos en general. Oficialmente, nada. Extraoficialmente, mucho. La condena deja una mancha difícil de disimular en un movimiento que ha hecho del señalamiento su principal herramienta.

Algunos apuestan por un olvido rápido, confiando en que la memoria digital es corta. Otros sugieren un sacrificio simbólico: apartarlo, condenarlo verbalmente y seguir adelante como si nada hubiera pasado. Y los más optimistas creen que, esta vez sí, se abrirá un debate interno serio sobre límites, responsabilidades y coherencia.

La experiencia invita al escepticismo.

Un patrón que se repite

No es la primera vez que uno de los pajaritos rojos termina protagonizando una noticia judicial o ética. Tampoco será la última. El patrón es siempre similar: ascenso rápido en redes, acumulación de poder simbólico, sensación de impunidad y caída abrupta cuando la realidad se impone.

La diferencia es que, en cada caída, el discurso se vuelve un poco más frágil y la autoridad moral un poco más pequeña.

Conclusión: cuando el pájaro cae del nido

La condena de J.E.S. por acoso, dictada hoy 17 de diciembre de 2025, no es solo una noticia judicial. Es un síntoma. El síntoma de un entorno que ha confundido la superioridad moral con la inmunidad, y el activismo con la ausencia de consecuencias.

En el Diario ASDF no celebramos condenas, pero tampoco compramos relatos selectivos. Cae otro de los pajaritos rojos, y con él cae un poco más la idea de que algunos están por encima de aquello que exigen a los demás.

Mañana habrá nuevos hashtags, nuevas indignaciones y nuevos señalados. Hoy queda la sentencia. Y el incómodo recuerdo de que la coherencia no se tuitea: se practica.

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