El parque de atracciones intenta frenar el pánico preventivo aclarando que la atracción no comparte ni raíles, ni horarios, ni convenios colectivos con la red ferroviaria nacional

El Tren de la Bruja, una de las atracciones más veteranas y simbólicas del parque de atracciones Mundo Fantástico y Algo Cutre, atraviesa su peor crisis de afluencia desde la histórica sequía de 1998, cuando una ola de calor derritió parcialmente el caldero decorativo y obligó a cerrar durante tres semanas “por seguridad y por olor”.

Según datos facilitados por la propia dirección del parque, el número de visitantes del Tren de la Bruja ha descendido un 37,4% en las últimas dos semanas, coincidiendo temporalmente con los recientes acontecimientos ferroviarios que han copado titulares, tertulias y conversaciones incómodas en cafeterías con cucharillas largas.

Aunque en principio nadie habría relacionado una atracción infantil con la red ferroviaria estatal, lo cierto es que el miedo ha operado con la lógica habitual del pánico contemporáneo: amplia, difusa y sin atender a matices técnicos.

“Notamos que la gente se queda mirando el cartel, lee la palabra tren, traga saliva y se va a los coches de choque”, explica una trabajadora del parque que prefiere mantenerse en el anonimato “por si acaso”.

“No dependemos de ADIF”: el comunicado que nadie pidió pero todos necesitaban

Ante la caída sostenida de visitantes, la dirección del parque emitió un comunicado extraordinario —leído con voz temblorosa por megafonía durante quince minutos— en el que se aclaraba, de forma tajante, que el Tren de la Bruja no depende de ADIF, no utiliza infraestructuras ferroviarias nacionales y no comparte protocolos de mantenimiento con ningún organismo público.

“Queremos tranquilizar a las familias”, afirmó el responsable de la atracción, visiblemente serio y con chaleco reflectante nuevo. “Este tren no sale de ninguna estación, no tiene retrasos acumulados desde 1994 y, sobre todo, no atraviesa túneles que no sepamos a dónde llevan”.

El responsable insistió en que el recorrido del Tren de la Bruja es circular, cerrado y conocido desde hace décadas. “Empieza donde empieza, termina donde termina y siempre vuelve al mismo sitio. Es, de hecho, uno de los sistemas de transporte más predecibles del país”.

A pesar de estas aclaraciones, el daño ya estaba hecho. Varias familias abandonaron la cola al escuchar la palabra “raíles”, aunque fueran de plástico reforzado.

La psicología del visitante: cuando todo tren es sospechoso

Expertos en comportamiento colectivo consultados por Diario ASDF coinciden en que el fenómeno responde a una reacción emocional más que racional.

“El cerebro humano no distingue entre un AVE, un cercanías o un tren pintado de verde con calabazas”, explica un sociólogo especializado en miedos contemporáneos. “Si algo se llama tren y se mueve sobre algo parecido a vías, entra automáticamente en la categoría de ‘potencialmente problemático’”.

Este rechazo se ha visto agravado por las redes sociales, donde han circulado mensajes alarmistas del tipo: “No subáis al Tren de la Bruja hasta que se aclaren las cosas” o “Yo no me monto en nada que tenga vagones, aunque haya murciélagos de cartón”.

Uno de los rumores más extendidos afirmaba que el Tren de la Bruja “podría estar pendiente de una auditoría”, algo que la dirección del parque ha desmentido rotundamente. “La última auditoría fue en 2007 y salió regular, pero aprobamos”, señalaron.

Medida disuasoria: la bruja cambia la escoba por una escobilla de WC

En un intento por distanciar visual y simbólicamente la atracción de cualquier idea de riesgo, la dirección ha anunciado una medida sin precedentes: la bruja dejará de usar la mítica escoba y pasará a empuñar una escobilla de WC.

“La escoba puede generar asociaciones negativas”, explicó el responsable. “Limpieza agresiva, barrido, arrastre… La escobilla, en cambio, transmite higiene, cercanía y cuarto de baño doméstico”.

La nueva escobilla será blanca, de plástico blando y con un discreto ribete azul. Según el parque, ha sido elegida tras un estudio de mercado en el que el 68% de los encuestados afirmó que “una escobilla impone menos”.

La bruja, que hasta ahora golpeaba suavemente los vagones con su escoba tradicional mientras gritaba frases como “¡Fuera de aquí!” o “¡Os voy a convertir en sapos!”, pasará a realizar movimientos más simbólicos, acompañados de expresiones como “Por favor, avancen” y “Cuidado con el escalón”.

Reacciones del público: entre el alivio y la decepción estética

La decisión ha generado reacciones encontradas entre los visitantes habituales del parque.

“Me da más tranquilidad”, afirma un padre de dos niños que llevaba años evitando la atracción. “Una escobilla es algo que conoces. Está en casa. No te va a sorprender”.

Otros, sin embargo, lamentan la pérdida de la esencia clásica. “La escoba imponía respeto”, asegura una visitante veterana. “La escobilla es demasiado cotidiana. Te saca de la fantasía y te mete en el baño”.

Desde el parque defienden la decisión como temporal y revisable. “Si la cosa se normaliza, volveremos a la escoba”, explican. “Incluso estamos estudiando una escoba acolchada”.

El impacto económico: algodón de azúcar en números rojos

La caída de visitantes del Tren de la Bruja no solo afecta a la atracción en sí, sino al ecosistema económico del parque. Los puestos de algodón de azúcar situados a la salida han visto reducir sus ventas de forma preocupante.

“Antes la gente salía nerviosa y compraba azúcar”, explica un vendedor. “Ahora ni entran, así que no hay necesidad de consuelo”.

El parque estima que, de mantenerse la tendencia, podría verse obligado a tomar medidas adicionales, como renombrar la atracción a Paseo Circular Temático con Señora Disfrazada o eliminar por completo la palabra “tren” de la cartelería.

Garantías adicionales: mantenimiento, revisiones y una persona mirando fijamente

Para reforzar la confianza del público, la dirección ha anunciado un paquete de garantías extraordinarias. Entre ellas:

  • Revisión diaria de los raíles por parte de una persona con linterna, incluso de día.
  • Certificado visible donde se especifica que “esto no es transporte público”.
  • Presencia constante de un trabajador mirando fijamente al tren mientras circula.
  • Cartel informativo aclarando que la atracción no conecta con ninguna otra provincia.

“Queremos que la gente se sienta segura”, insisten desde la dirección. “Y si para eso tenemos que poner a alguien mirando el tren durante ocho horas, se pone”.

Un símbolo de los tiempos

Para muchos analistas, lo ocurrido con el Tren de la Bruja es un reflejo perfecto del clima social actual: desconfianza generalizada, miedo por asociación y una necesidad casi terapéutica de garantías explícitas.

“Antes nadie preguntaba nada”, recuerda un antiguo empleado del parque. “Te subías, gritabas y salías mareado. Ahora quieren saber quién mantiene el tren, cada cuánto y con qué herramientas”.

Mientras tanto, la bruja ya ha comenzado su nueva etapa con escobilla en mano. Según testigos, su expresión sigue siendo igual de seria, aunque el gesto resulte ligeramente menos amenazante.

“Al principio me sentí rara”, confesó la actriz que la interpreta. “Pero luego pensé que, al final, todos tenemos una escobilla en casa. Es más realista”.

Conclusión provisional

El Tren de la Bruja sigue funcionando con normalidad, circulando a su velocidad habitual y asustando lo justo. La dirección del parque confía en que, con el tiempo, el público vuelva a distinguir entre una infraestructura crítica y una atracción con telarañas de plástico.

Hasta entonces, el mensaje es claro, repetido en carteles, megafonía y conversaciones improvisadas junto a la noria:

“No dependemos de ADIF. Esto es solo un tren de mentira con una bruja y una escobilla”.

Una frase que, en otros tiempos, no habría hecho falta pronunciar.

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