Redacción Diario ASDF

En un giro intelectual que ha sacudido a ministerios, consejerías y cafeterías de máquina, el Estado ha asumido por fin una verdad incómoda que llevaba años flotando en el ambiente como el olor a tóner caliente: si faltan recursos, se imprimen; si faltan números, se escriben; y si falta dinero, se pulsa “Ctrl+P”. La epifanía llegó a raíz de una comparación pedagógica atribuida a Alberto Garzón que, según fuentes cercanas a la pizarra, dejó a medio país preguntándose por qué no se había hecho antes.

La analogía es sencilla, bella y resistente al escrutinio rápido: ¿alguien imagina a un profesor de matemáticas suspendiendo la clase porque se ha quedado sin números? Ridículo. ¿Alguien imagina a un gobernante diciendo que se ha quedado sin dinero para financiar políticas? Exacto: igual de ridículo. A partir de ahí, el razonamiento se despliega con la naturalidad de una impresora nueva en su primer día: si los números no se agotan, el dinero tampoco debería hacerlo. Y si lo hace, es por mala gestión del cajón del papel.

Desde que el tuit prendió la mecha, los despachos han cambiado. Donde antes había austeridad, ahora hay cartuchos. Donde antes había prudencia, ahora hay bandejas de entrada. El Ministerio de Asuntos Económicos, que durante años se había empeñado en conceptos vetustos como “presupuesto” o “equilibrio”, ha adoptado un nuevo lema estampado en vinilo junto a la cafetera: “Sin dinero no hay problema, sin impresora sí.”

La política económica entra en la era del tóner

La nueva doctrina —conocida ya como Monetarismo Didáctico Aplicado— parte de una premisa irrefutable: los billetes son papel con vocación. Si el papel se acaba, se compra más papel. Si el tóner se agota, se repone. Si el dinero falta, se imprime. Es el ciclo natural de la oficina moderna, elevado a política de Estado.

Un alto cargo, que pidió anonimato por no manchar su traje con tinta fresca, lo explicó con calma: “Durante décadas nos dijeron que había límites. Límites presupuestarios, límites de deuda, límites de sentido común. Pero nadie nos habló de los límites de la impresora. Y ahí es donde estaba el error”.

La pedagogía ha sido clave. Para convencer a la población, el Gobierno ha organizado talleres en centros cívicos donde se compara la economía con una clase de matemáticas de primaria. En una mesa hay una calculadora; en la otra, una impresora. “Si faltan sumas, se inventan ejercicios”, explica el monitor. “Si faltan euros, se inventan euros”. Los asistentes asienten, toman notas y preguntan si el IVA se imprime en color o en blanco y negro.

El Banco Central cambia el logo por un botón de imprimir

El cambio de paradigma ha alcanzado también a las instituciones tradicionalmente asociadas con la contención. El Banco Central, hasta ahora un templo de silencios y gráficos incomprensibles, ha renovado su imagen corporativa: el nuevo logotipo es un botón de imprimir con una sonrisa. La sede ha sustituido los detectores de metales por contadores de páginas por minuto.

“Nos dimos cuenta de que llevábamos años complicándolo”, confesó un portavoz en rueda de prensa. “Había comités, modelos, previsiones. Y al final, lo único que importaba era si la impresora estaba encendida”. A su espalda, una pantalla mostraba el nuevo indicador macroeconómico estrella: el Índice de Fluidez de Tóner (IFT), que mide la capacidad del país para resolver problemas a golpe de papel moneda recién salido.

Expertos celebran el fin de la escasez

La comunidad de expertos se ha dividido, como siempre, entre quienes celebran y quienes buscan el botón de apagado. Los primeros aplauden el pragmatismo. “La escasez es un concepto psicológico”, afirma un economista reconvertido en coach de oficina. “Si crees que no hay dinero, no hay dinero. Si imprimes, hay. Es una cuestión de actitud”.

Otros académicos, más tradicionales, han intentado introducir palabras como “inflación” o “confianza”. Han sido amablemente invitados a un curso de reciclaje donde se les enseña a cambiar cartuchos y a no atascar el papel. “Después de la tercera práctica, se les pasa”, asegura el coordinador.

Mientras tanto, los problemas históricos del país han empezado a resolverse con una rapidez inédita. Falta vivienda: se imprimen hipotecas. Listas de espera: se imprimen médicos. Cambio climático: se imprimen nubes con descuento. La lógica es implacable y, sobre todo, cómoda.

Educación financiera adaptada a todos los públicos

Para evitar malentendidos, el Ministerio de Educación ha actualizado los currículos. La asignatura de Economía ahora incluye un módulo práctico titulado “Impresión Responsable: del A4 al Billete”. Los alumnos aprenden a calibrar la impresora, a elegir gramaje y a distinguir entre imprimir a doble cara o a doble dígito.

En los exámenes ya no se pregunta por el déficit, sino por la velocidad de impresión óptima para financiar un plan de becas sin que se caliente el motor. “Es conocimiento útil”, defiende una profesora. “Antes los chicos salían sabiendo qué era la deuda. Ahora salen sabiendo cómo resolverla”.

El ciudadano, aliviado, pide más papel

La reacción ciudadana ha sido mayoritariamente positiva. En los barrios, la gente comenta con alivio que, por fin, alguien ha entendido que el dinero no se gasta, se repone. “Yo en casa hago lo mismo”, explica un vecino. “Si me quedo sin folios, compro más. No dejo de trabajar”.

Las asociaciones de consumidores han pedido que se garantice el acceso universal a la impresión, para que nadie se quede atrás por culpa de una impresora vieja. “El dinero es un derecho”, reza el comunicado. “Y el derecho viene en papel”.

Los comercios, por su parte, han tenido que ampliar cajas registradoras. “No es que suban los precios”, aclara un tendero mientras cambia una bobina. “Es que ahora hay más números para poner”.

La oposición propone imprimir con moderación

La oposición, fiel a su papel, ha criticado la medida, aunque con cautela. Reconocen que la analogía del profesor es potente, pero piden imprimir “con cabeza”. Han presentado una enmienda para que el papel sea reciclado y la tinta sostenible. “No estamos en contra de imprimir”, explicó un portavoz. “Solo queremos que se haga en modo borrador”.

El debate parlamentario fue breve. Un diputado sacó una impresora portátil y la colocó en el atril. “Si hay dudas”, dijo, “las resolvemos ahora mismo”. El sonido del tóner selló el consenso.

El futuro: problemas grandes, impresoras grandes

Mirando al futuro, el Ejecutivo ya trabaja en proyectos ambiciosos. Para financiar infraestructuras, se estudia la compra de impresoras industriales. Para la deuda histórica, impresoras 3D que impriman confianza. Para emergencias, impresoras de bolsillo que cada ciudadano pueda llevar consigo, por si acaso.

“Es un cambio cultural”, resume una fuente gubernamental. “Hemos pasado de preguntar ‘¿cuánto cuesta?’ a preguntar ‘¿dónde está la impresora?’”.

Conclusión: la clase continúa

Al final, la lección es clara y reconfortante. Ningún profesor serio cancelaría una clase por falta de números. Ningún Estado moderno debería cancelar políticas por falta de dinero. Si el aula se queda sin cifras, se escriben. Si el país se queda sin fondos, se imprimen. La clase sigue, la tinta corre y el papel aguanta.

Puede que algunos sigan viendo riesgos, sombras o gráficos raros. Pero en el Diario ASDF preferimos quedarnos con lo esencial: mientras haya enchufe, habrá solución. Y si el enchufe falla, siempre quedará la opción más audaz de todas: imprimir uno nuevo.

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~ Atribuida a un anónimo lector del Diario ASDF, siglo XIV.

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