Artículo de opinión — Diario ASDF

Hay frases que, dichas con solemnidad, pretenden pasar por axiomas morales. Y hay axiomas morales que, al rascarlos un poco, suenan a consigna de bar a las tres de la mañana. «No es democracia aunque ganes unas elecciones». La frase, tuiteada con gravedad ministerial por quien fuera responsable de Igualdad en España, no solo no es inocente: es una cápsula ideológica que contiene una idea peligrosa envuelta en papel de regalo. Porque, si no es democracia cuando gana el que no me gusta, ¿qué es entonces? ¿Un error del sistema? ¿Un fallo humano? ¿Un bug que se arregla reiniciando el país?

El contexto importa, claro. Chile. Un candidato que gana. Un adjetivo que cae como una losa —«pinochetista»— y una moraleja final que suena a mantra: más feminismo, más izquierda, más derechos para frenar al fascismo. Hasta aquí, el libreto. Pero el problema no está en discrepar, ni siquiera en exagerar. El problema está en ese giro retórico que convierte el resultado de las urnas en algo condicional: es democracia siempre y cuando gane quien yo considero legítimo.

La democracia condicional

La democracia, hasta donde llega la definición clásica, es un sistema de reglas para decidir quién gobierna. No es un certificado de bondad moral, ni un diploma de virtudes cívicas. Es un procedimiento. Se vota, se cuentan los votos y gana quien obtiene más dentro de las normas. Punto. Todo lo demás —los valores, los derechos, las políticas— se discute después, dentro del marco democrático. Pero cuando se introduce la coletilla «aunque ganes unas elecciones», se está haciendo otra cosa: se está diciendo que el procedimiento no basta.

Aquí aparece el fascismo conceptual, ese que no lleva camisas pardas ni hace desfiles, pero que decide quién merece el título de demócrata y quién no. Un fascismo suave, pedagógico, con emojis y hashtags, que no clausura el parlamento, pero sí lo invalida moralmente cuando el resultado no coincide con el deseo correcto.

Porque si ganar unas elecciones no te convierte en demócrata, entonces ¿qué lo hace? ¿Un comité de expertos? ¿Un consejo de sabias? ¿Un timeline aprobado? La frase no responde, pero insinúa: lo decide quien se arroga la superioridad moral para repartir carnés.

El antifascismo como atajo

Hay palabras que funcionan como comodines. «Fascismo» es una de ellas. Sirve para cerrar debates, para saltarse explicaciones y para convertir al adversario en una caricatura peligrosa. Nadie quiere ser fascista, así que la acusación actúa como silenciador. Pero cuando todo es fascismo, nada lo es.

El tweet en cuestión no discute un programa económico concreto, ni una política social específica. No entra en matices. Declara: ganar no basta. Y acto seguido propone una receta ideológica única. Más de lo mismo para frenar lo otro. Es una lógica circular: si ganas tú, es democracia; si gano yo, es democracia con valores; si gana el otro, no es democracia.

Este planteamiento tiene una ventaja evidente: ahorra el esfuerzo de convencer. No hace falta explicar por qué tus ideas son mejores si puedes declarar ilegítimas las del contrario. No hace falta aceptar la derrota si puedes reinterpretarla como una amenaza al sistema.

El paternalismo ilustrado

Hay algo profundamente paternalista en esta forma de pensar. El pueblo vota, sí, pero se equivoca. Y cuando se equivoca, alguien tiene que corregirlo. No anulando las elecciones —eso quedaría feo— sino deslegitimándolas moralmente. Es el viejo truco del despotismo ilustrado, versión 280 caracteres: todo para el pueblo, pero sin el pueblo cuando el pueblo no acierta.

Decir «no es democracia aunque ganes unas elecciones» es tratar al votante como a un menor de edad político. Has votado mal, así que tu decisión no cuenta. O cuenta menos. O cuenta, pero con asterisco. Y ese asterisco es enorme.

Lo irónico es que este discurso suele venir envuelto en apelaciones constantes a la participación, a la voz ciudadana, a la soberanía popular. Se aplaude al votante cuando confirma la tesis previa. Se le corrige cuando la contradice.

El espejo chileno

Chile es aquí casi un pretexto. El país sirve de escenario lejano para proyectar una batalla ideológica doméstica. No se habla de Chile para entender Chile, sino para enviar un mensaje a casa: cuidado con votar mal, que luego os dicen que no es democracia.

Y es ahí donde el artículo de opinión deja de ser un comentario internacional y se convierte en una advertencia interna. Porque la frase no va dirigida solo a los chilenos. Va dirigida a cualquiera que crea que la democracia consiste, simplemente, en elegir.

El fascismo sin botas

Cuando en Diario ASDF hablamos de «el fascismo de Irene Montero», no hablamos de dictaduras, ni de censura explícita, ni de represión policial. Hablamos de algo más sutil: la idea de que la legitimidad política no nace del voto, sino de la coincidencia ideológica.

Ese es el fascismo moderno: no prohíbe votar, pero invalida el resultado. No cierra urnas, pero abre comités morales. No necesita tanques, le bastan hilos de Twitter.

Porque si aceptamos que la democracia solo es válida cuando produce el resultado correcto, estamos aceptando que el proceso es secundario. Y cuando el proceso es secundario, todo se vuelve negociable.

El peligro de la frase fácil

Las frases contundentes funcionan bien en redes sociales. Son compartibles, emocionales, reconf

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~ Atribuida a un anónimo lector del Diario ASDF, siglo XIV.

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