El ministro Óscar Puente, titular de una cartera que cambia de nombre con más frecuencia que los horarios de Cercanías, compareció ayer en una rueda de prensa extraordinaria —convocada con carácter de urgencia pero celebrada con calma asiática— para aclarar, una vez más, que no piensa dimitir. La comparecencia, esperada tras varios días de polémica política, terminó derivando en una reflexión etimológica que ha desconcertado tanto a analistas como a profesores de Lengua de la ESO.

Dimitir no es un verbo, es un nombre propio. Y además ruso”, afirmó el ministro ante un auditorio repleto de periodistas, asesores que asentían con vehemencia y una botella de agua que nadie llegó a abrir, símbolo según fuentes ministeriales de la transparencia institucional.

La frase, pronunciada con gesto grave y tono doctoral, marcó el inicio de una comparecencia de más de una hora en la que el ministro defendió su continuidad en el cargo, cuestionó los diccionarios occidentales y sugirió, sin afirmarlo explícitamente, que parte de la presión para que abandone el puesto podría formar parte de “una narrativa importada”.


Una rueda de prensa para no decir nada, pero decirlo todo

La comparecencia fue anunciada como una “aclaración definitiva”, aunque desde el primer minuto quedó claro que no habría dimisión, disculpa ni explicación concreta. En su lugar, el ministro optó por una estrategia ya clásica en la política contemporánea: hablar mucho, con seguridad, y no responder exactamente a lo que se le pregunta.

“Se me pide que dimita”, explicó, “pero nadie se ha parado a pensar en el origen de la palabra. Dimitir. Di-mi-tir. ¿De verdad os suena español?”. Tras una breve pausa dramática, añadió: “Yo he hecho mis deberes. Y Dimitir, según mis informaciones, es un nombre ruso. Posiblemente de la época zarista”.

Ningún periodista pidió la fuente.


El contexto: presión política y ruido ambiental

La intervención del ministro se produce en un momento de alta tensión política, con la oposición reclamando responsabilidades por una concatenación de episodios que el Gobierno define como “incidencias técnicas”, “malentendidos” o “hechos sacados de contexto y ampliados por tertulianos con demasiado tiempo libre”.

En los últimos días, el nombre del ministro ha protagonizado titulares, debates televisivos y memes de calidad variable. Sin embargo, desde el Ejecutivo se insiste en que no existe motivo alguno para su dimisión, porque dimitir —según la nueva doctrina— no sería una acción política, sino una concesión cultural a potencias extranjeras.

“España no dimite”, sentenció el ministro. “España resiste”.


Dimitir como concepto geopolítico

Uno de los momentos más comentados de la rueda de prensa llegó cuando el ministro desplegó una diapositiva titulada “Dimitir: aproximación histórica y semántica”. En ella, aparecía un mapa de Europa del Este, una silueta humana con barba y una palabra en cirílico que nadie supo leer, pero que generó respeto inmediato.

“En tiempos de desinformación”, explicó, “conviene tener cuidado con los conceptos que importamos. Hoy te piden que dimitas, mañana te piden que adelantes elecciones y pasado mañana te están invadiendo el salón”.

Según el ministro, aceptar la dimisión sería “abrir una peligrosa puerta conceptual” que podría llevar a una inestabilidad semántica sin precedentes.


Reacciones en el Gobierno: respaldo cerrado y aplausos medidos

Desde el entorno del Ejecutivo, la reacción fue inmediata y coordinada. Diversos portavoces defendieron al ministro asegurando que “no ha hecho nada que no haya hecho ya otro ministro antes, pero con menos personalidad”.

Un alto cargo, que pidió anonimato “porque hoy no le tocaba salir”, afirmó que la explicación del ministro “puede parecer confusa, pero es valiente”. Otro añadió: “Es refrescante ver a un político que no se limita a negar los hechos, sino que niega directamente el significado de las palabras”.

En los pasillos del Congreso, varios diputados del grupo parlamentario mostraron su apoyo mediante gestos solemnes, asentimientos prolongados y frases como “hay que contextualizar” o “esto no va de eso”.


La oposición, entre la indignación y el diccionario

La oposición reaccionó con una mezcla de incredulidad y consulta urgente a la RAE. Portavoces de distintos partidos comparecieron para criticar lo que calificaron como “una huida hacia adelante con acento eslavo”.

“Que un ministro se niegue a dimitir alegando que la palabra es rusa es un insulto a la inteligencia colectiva”, declaró un dirigente opositor, antes de añadir: “Aunque reconozco que no puedo demostrar ahora mismo que no lo sea”.

Otros fueron más pragmáticos. “Si no quiere dimitir, que no dimita”, dijo otro portavoz. “Pero que no nos haga un seminario de filología creativa en horario de máxima audiencia”.


Expertos opinan: entre la perplejidad y la resignación

Consultados por el Diario ASDF, varios expertos en lingüística, ciencia política y paciencia ciudadana coincidieron en que la explicación del ministro “no tiene sentido”, pero matizaron que “tampoco lo necesita”.

“Estamos en una fase en la que la coherencia ya no es un requisito imprescindible”, explicó un politólogo. “Lo importante es decirlo con convicción, preferiblemente delante de una bandera y sin reírse”.

Una profesora de Lengua señaló que “dimitir viene del latín”, pero reconoció que “a estas alturas, discutir etimología con un ministro en rueda de prensa es una batalla perdida”.


Redes sociales: memes, confusión y resignación

Como era de esperar, las redes sociales ardieron. En cuestión de minutos, Dimitir se convirtió en tendencia, acompañado de imágenes de supuestos oligarcas, matrioskas con traje y montajes del ministro junto a mapas de Siberia.

Algunos usuarios defendieron al ministro con entusiasmo: “Si dimitir es ruso, yo tampoco dimito”, escribió uno. Otros se limitaron a resumir el sentir general con frases como “esto no puede ser real” o “mañana alguien dirá que responsabilidad es francés”.

Mientras tanto, el ministro no tuiteó nada, fiel a su estrategia de dejar que la frase madure sola.


Conclusión: no dimite, pero explica

La rueda de prensa terminó sin dimisión, sin disculpa y sin aclaración concreta, pero con una idea clara: el ministro no se va. Al menos no mientras la palabra que se le exige pronunciar siga siendo, según su criterio, sospechosa de extranjería.

“Yo estoy aquí para trabajar”, concluyó, “y no para adoptar costumbres ajenas. Bastante tenemos ya con el horario de invierno”.

Con esta declaración, el ministro abandonó la sala entre flashes, murmullos y la sensación generalizada de que, una vez más, la política española había conseguido convertir un problema en un concepto y un concepto en una excusa.

Seguiremos informando, siempre que las palabras lo permitan.

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