-Por una redactora que ya ha visto demasiadas cosas.

Durante años, internet creyó en él como se cree en los unicornios, en los coaches emocionales y en los gurús que trabajan desde la cama de su madre. Se llamaba Patxi. O al menos eso decía. Patxi, vasco, radical, indomable, con amigos peligrosísimos que nunca aparecían en las fotos y una relación íntima con el euskera basada en repetir tres palabras como si fueran conjuros. Txakurra. Zaborra. Txakurra otra vez, por si no había quedado claro.

El personaje funcionó. Funcionó muy bien. Porque no hay nada que funcione mejor en redes que alguien que insulta con convicción y sin conocimientos. Durante años fue una especie de pastor digital, guiando rebaños de odio con el cayado del insulto, señalando a quién había que perseguir esa semana, quién era gorda, prostituta, cornudo, parásito o enemigo del pueblo, conceptos todos intercambiables según el día y el estado de ánimo.

Pero un día ocurrió lo impensable: alguien levantó la alfombra. Y debajo no había Euskadi. Debajo había Tordesillas, Valladolid. Tordesillas. Valladolid entera. Con su frío, su meseta y su realidad administrativa. El vasco resultó ser un señor de interior, con pasado taurino frustrado, biografía rural confusa y una vocación revolucionaria que no sobrevivía a la luz natural.

A partir de ahí, el personaje hizo lo único que sabe hacer: negar la realidad con más intensidad.

Para entender mejor su universo mental, hemos pasado una tarde con él. O varias, porque habla mucho y no escucha nada.

—Redacción ASDF: Empecemos por lo básico. ¿Cómo quiere que le llamemos?
—El Pastor Rojo: Patxi. Siempre Patxi. Aunque no lo ponga en el DNI, lo importante es cómo me siento por dentro.
—Redacción ASDF: ¿Y cómo se siente?
—El Pastor Rojo: Vasco. Muy vasco. Hoy especialmente vasco.
—Redacción ASDF: Está usted en Tordesillas, Valladolid.
—El Pastor Rojo: Euskadi interior.

El Pastor Rojo vive rodeado de pantallas, cuentas, perfiles y enemigos imaginarios. Su jornada laboral consiste en vigilar quién habla, quién respira y quién no le ha pedido permiso para existir. No trabaja, pero está ocupadísimo. No crea contenido, crea conflictos. No debate, sentencia. No dialoga, diagnostica.

—Redacción ASDF: Durante años ha llamado “txakurra” a medio internet.
—El Pastor Rojo: Sí, es una palabra muy bonita. Significa algo así como “persona que no piensa como yo”.
—Redacción ASDF: ¿Sabe lo que significa realmente?
—El Pastor Rojo: No me líe con tecnicismos.

Uno de los rasgos más fascinantes del personaje es su relación con la amenaza. Amenaza con denunciar, con querellarse, con arruinar pensiones, con llamar a la Seguridad Social, con hundir vidas enteras antes de desayunar. Todo lo certifica. Todo lo guarda. Todo lo proclama. Nada ocurre jamás.

—Redacción ASDF: Usted anuncia querellas constantemente.
—El Pastor Rojo: Claro. Es muy importante que la gente tenga miedo.
—Redacción ASDF: ¿Cuántas ha puesto realmente?
—El Pastor Rojo: Eso ya es información sensible.

El punto de inflexión llegó cuando alguien, cansado de tanta bravata digital, decidió aplicar el método arcaico conocido como “existir en el mundo real”. Bajó a la calle. Se sentó en un bar. Esperó. Nada más. Ni gritos, ni golpes, ni puerta tocada. Solo presencia. El Pastor Rojo, que hasta ese momento se definía como valiente, indomable y peligroso, descubrió de repente el concepto de víctima absoluta.

—Redacción ASDF: ¿Cómo vivió ese episodio?
—El Pastor Rojo: Terror puro. Nunca se había visto algo así. Una calle. Una foto. Un bar. Eso es violencia extrema.
—Redacción ASDF: Usted ha publicado durante años direcciones y fotos de otros.
—El Pastor Rojo: Pero con razón.

Desde entonces, el Pastor Rojo vive instalado en una paradoja perfecta. Todo lo que él hace es legítimo. Todo lo que otros hacen es persecución. Todo lo que dice es libertad de expresión. Todo lo que le dicen es delito. Todo lo que amenaza es humor. Todo lo que recibe es terrorismo.

—Redacción ASDF: ¿Le preocupa que su identidad real se conozca?
—El Pastor Rojo: Muchísimo. Es gravísimo. Aunque yo llevo años haciéndolo con otros, pero no es lo mismo porque yo soy yo.

Uno de los aspectos más fascinantes del personaje es su relación con la justicia. La justicia como palabra le encanta. Como concepto, menos. La utiliza como quien usa una chaqueta: solo cuando abriga.

—Redacción ASDF: Usted dice que todo el mundo va a ser querellado.
—El Pastor Rojo: Ya lo están. En espíritu.
—Redacción ASDF: ¿Sabe lo que es una diligencia?
—El Pastor Rojo: Algo que se pasa si no miras.

Cuando le preguntamos por su pasado, lo mezcla todo con naturalidad. Campo, toros, cabras, banderas, ideologías contradictorias. Todo cabe en su biografía porque nada pesa.

—Redacción ASDF: ¿Se considera de izquierdas?
—El Pastor Rojo: Radicalmente.
—Redacción ASDF: ¿Y la camiseta con la bandera?
—El Pastor Rojo: Ironía textil.

El momento más intenso de la entrevista llega cuando habla de sus enemigos. Son muchos. Demasiados. Cambian cada semana, pero todos tienen algo en común: existen.

—Redacción ASDF: ¿Por qué insulta tanto?
—El Pastor Rojo: Para educar.
—Redacción ASDF: ¿A quién?
—El Pastor Rojo: A todos menos a mí.

A lo largo de la conversación, el personaje cambia de cuenta mental varias veces. A ratos es héroe, a ratos mártir, a ratos fiscal, a ratos juez. Nunca acusado. Nunca responsable. Siempre indignado.

Cuando le preguntamos por su futuro, sonríe.

—El Pastor Rojo: Seguiré igual. Porque si no pasa nada, significa que tenía razón. Y si pasa algo, es persecución. Gane quien gane, yo gano.

Nos despedimos mientras abre otra cuenta nueva, idéntica a las anteriores, con el mismo tono, los mismos insultos y la misma seguridad de que esta vez sí, ahora sí, nadie va a atreverse a decirle nada.

Desde Diario ASDF seguiremos atentos a esta figura imprescindible de la fauna digital contemporánea: el hombre que fue vasco por insistencia, revolucionario por wifi y víctima por costumbre. Un personaje que demuestra que no hace falta cambiar cuando la realidad te contradice; basta con gritar más fuerte.

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~ Atribuida a un anónimo lector del Diario ASDF, siglo XIV.

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