Solo hice una pregunta.

Sala Galileo Galilei en Madrid¬ Por Lady Cogollos.

Tras despedirme de Helena en Pamplona, bajo lluvia fina y conversación densa, pasé la noche en el hotel con esa sensación extraña de que las entrevistas no se agotan: simplemente cambian de escenario.

A la mañana siguiente, café negro y un vasito de JB. Yo no bebo, soy bailarina… es una excepción diplomática. Y billete rumbo a Madrid. Lady no descansa: en la capital me esperaban ciertos asuntos menores relacionados con querellas, papeles, firmas y esa burocracia encantadora que convierte el rencor ajeno en expediente administrativo.

Madrid me recibe con frío seco y cielo gris disciplinado. Nada dramático, lo justo para justificar abrigo largo y paso firme. Entre trámite y trámite, mientras cruzo calles con naturalidad de residente intermitente, escucho que en la Sala Galileo Galilei se celebra un acto bajo el lema “Disputar el presente para ganar el futuro”. Unidad de la izquierda. Método. Generosidad. Palabras grandes en escenario pequeño.

La curiosidad nunca me ha arruinado la agenda.

Entro.

Sala Galileo Galilei. Tarde fría, cielo gris sin dramatismo y esa temperatura invernal que obliga a llevar abrigo largo aunque el ego esté perfectamente calefactado. Dentro, focos cálidos, aplausos disciplinados y la palabra “unidad” repitiéndose con la insistencia de un mantra político que siempre suena mejor en micrófono que en la práctica.

Gabriel Rufián presenta su propuesta de frente amplio para la izquierda bajo el lema “Disputar el presente para ganar el futuro”, rodeado de gestos medidos y entusiasmo estratégico. Se habla de método, de generosidad, de coordinación territorial, de evitar que la fragmentación entregue el tablero a la derecha. Todo muy razonable. Todo muy correcto. Todo peligrosamente ideal.

En el ambiente hay esa mezcla tan particular de esperanza y recelo que solo se respira cuando varias familias políticas intentan sentarse en la misma mesa sin decidir todavía quién presidirá la fotografía.

El acto termina. Corrillos, cafés apresurados, manos estrechadas con cálculo milimétrico. El frío de la calle devuelve a todos a la realidad térmica. Son casi las nueve de la noche. El aire corta lo justo para mantener despiertas las ambiciones.

Y entonces ocurre la “coincidencia estratégica”.

Nos cruzamos.

No despliego libreta. No pido entrevista formal. Solo me acerco con sonrisa impecable y le digo que quizá, en otro momento, podríamos sentarnos a hablar con calma. Él responde que hoy no hay tiempo.

Perfecto. El tiempo es un lujo sobrevalorado.

Y ahí, sin advertencia previa, lanzo la única pregunta que realmente me interesaba formular:

Señor Rufián, la izquierda española tiene un talento histórico para desactivar sus propias mayorías antes de que la derecha tenga que molestarse. Cuando usted habla de unidad, ¿cómo piensa evitar que perfiles como Enrique Santiago o Teresa Rodríguez conviertan este proyecto en otro episodio de canibalismo interno por protagonismo y aparato?

No elevo el tono. No hace falta. La pregunta se sostiene sola.

Rufián mantiene la sonrisa parlamentaria, esa mezcla de ironía y cálculo que no abandona ni en exteriores. Piensa medio segundo y responde:

Estoy buscando una solución… y le digo algo: en este proyecto me dan más miedo las izquierdas que las derechas.

Es una respuesta honesta. O inteligente. O ambas cosas.

No insisto. No repregunto. No convierto el momento en duelo retórico.

Salgo a la calle. Madrid sigue fría, ligeramente húmeda, con esa luz naranja de farolas que convierte cualquier escena política en postal urbana. Camino unos metros, doblo la esquina y entro en un bar discreto, de esos donde nadie mira demasiado.

Me siento. Me quito el abrigo con ceremonia lenta. Pido un whisky con agua.

Nunca bebo. Soy bailarina. El cuerpo se cuida. Pero las excepciones diplomáticas existen por algo. Y una pregunta con sangre elegante merece su brindis correspondiente.

Mientras el hielo se disuelve con precisión matemática, repaso la escena. La palabra “unidad” sigue flotando en el aire político como una promesa frágil. Afuera, la ciudad continúa indiferente. Adentro, el whisky está en su punto exacto.

Sonrío.

No sé si la izquierda logrará unificarse. No sé si esta vez evitarán devorarse entre ellos. Lo que sí sé es que, al menos por unos segundos, alguien tuvo que responder en voz alta lo que muchos piensan en silencio.

Y eso, a veces, es suficiente.

El que se sienta aludido… que se revise.
O mejor: que siga soñando con divisiones.
Otros seguimos contando la vida real.


Lady Cogollos / Lady Querellas
Columnista en Diario ASDF

Pedagogía legal, estética y moral.
Bailarina. No bebo (salvo excepciones).
No insulto: describo.
Si te ves reflejada… escucha una canción de Romeo Santos.

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