
El canto del mirlo.– Redacción ASDF
Días antes del 13-E, el abogado de uno de los pajaritos rojos dejaba caer, ante el abogado de la acusación, una frase aparentemente inofensiva:
“A veces no hace falta ir a juicio si uno sabe explicar bien las cosas”.
En Diario ASDF podemos contar hoy lo que otros solo intuyen. No porque nadie nos lo haya explicado, sino porque una de nuestras reporteras, intrépida como pocas y discreta como exige el oficio, estaba “por casualidad” allí. Pasaba por el juzgado, miró por una rendija, luego por otra, se quedó quieta cuando convenía y observó todo con esa mezcla de paciencia y curiosidad que solo tienen quienes saben que las mejores historias no se anuncian: se escuchan.
El juicio señalado para las 13:00 horas decidió que no tenía ninguna prisa. A las 13:00 no pasó nada. A las 13:15 tampoco. A las 13:30 ya había personas mirando fijamente una pantalla con la misma fe con la que se mira un ascensor averiado, convencidas de que si esperan un poco más, algo ocurrirá.
Los testigos por videollamada estaban conectados, peinados de cintura para arriba, con esa sonrisa rígida de quien no sabe si saludar o no al vacío. Otros testigos ocupaban la sala de espera, donde el silencio era tan espeso que parecía parte del mobiliario. Nadie hablaba demasiado. Nadie quería destacar. Ambiente judicial premium.
Nuestra reportera observaba desde las sombras. Puertas entreabiertas. Pasillos largos. Conversaciones a media voz. A esa distancia exacta en la que no se oye todo, pero se entiende mucho.
Aparece el fiscal. Llama a los abogados. Defensor y acusación se reúnen aparte. Entran en una sala y cierran la puerta. Al resto solo le queda esperar fuera, mirando una madera que no dice nada y preguntándose por qué, cuando las puertas se cierran, siempre parece que dentro pasan cosas importantes.
El abogado de la acusación sale y se acerca a su cliente. Habla. Ella niega con la cabeza. No una vez. No dos. Un no constante, firme, casi coreografiado. Él insiste. Ella sigue negando. La escena recuerda a alguien intentando convencer a otra persona de que aquello no es un problema, cuando claramente lo es.
El abogado vuelve con el fiscal y el defensor. Pasan quince minutos que pesan como media vida. Regresa de nuevo hacia su cliente. Esta vez se oye una frase suelta, porque ya no hay ruido suficiente para esconderla:
“Debes mostrar buena voluntad… van a ser muchos juicios…”
Ella vuelve a negar. El no sigue siendo no. Pero el reloj avanza, los nervios también, y la buena voluntad empieza a cotizar al alza.
Algo cambia. No sabemos qué. No lo oímos del todo. No lo vemos del todo. Quizá fue una palabra, quizá una mirada, quizá el simple cansancio de llevar demasiado tiempo trinando. El caso es que, finalmente, el no se transforma en un gesto menos rotundo. Cuando el abogado vuelve a la sala con el fiscal, su cara ya no es de preocupación. Es de satisfacción contenida. De asunto bien encajado.
Poco después llaman a la denunciante. Entra con ellos. La tensión se vuelve casi decorativa. Son las 14:30 y nadie explica nada. Los testigos siguen esperando. Los de casa, los de la sala, los de la vida en general.
Hasta que aparece una agente judicial con la frase más temida del día:
“Pueden irse. No va a haber juicio.”
Silencio. Protestas. Preguntas. “¿Cómo que no?” “¿Qué ha pasado?” “¿Entonces para qué…?”
Respuesta oficial: ninguna. Misterio administrativo en su forma más pura.
Nuestra reportera no se fue. Se quedó. Esperó. Más de dos horas. Porque cuando alguien tarda tanto en salir de un juzgado, rara vez es porque se haya ido a tomar un café.
Cuando por fin la denunciante salió, visiblemente enfadada, solo hubo tiempo para una pregunta rápida. La respuesta fue una sola frase, pronunciada sin énfasis, como quien deja caer una piedra en un estanque:
“Yo quería justicia, no trato, pero es lo que hay. Los trinos del pajarito han llegado a Tarragona, por la Sexta Avenida.”
No sabemos qué quiso decir exactamente. No sabemos qué pajarito, qué trinos ni por qué Tarragona suena ahora como si fuera Broadway. Nuestra reportera, por supuesto, no insistió. Hay frases que no están hechas para ser entendidas al momento, sino para quedarse resonando.
Conclusión del día:
No hubo juicio. No porque no hubiera materia, ni porque todo estuviera claro, ni porque no hiciera falta. No lo hubo porque alguien decidió que era mejor cantar que exponerse. Porque cuando los trinos se vuelven demasiado insistentes, el juicio deja de ser necesario.
No hubo juicio porque un pajarito rojo prefirió el micrófono privado a la sala pública, el acuerdo al estrado y la buena voluntad al riesgo. Y cuando un pajarito empieza a cantar tanto, no suele hacerlo solo para salvarse él, sino para señalar el nido completo.
Seguiremos escuchando. Porque en este nido, cuando alguien canta para llegar a un trato, nunca lo hace a solas. 🐦