Diario ASDF – Edición de hoy
En un país donde los debates sociopolíticos parecen rotar siempre entre la polarización, la inflación y la pregunta eterna de si “esta vez sí que sí los chiquillos estudian”, emerge un nuevo conflicto que nadie vio venir: el hembrismo estructural en la logística familiar, una anomalía social tan sutil y tan arraigada que apenas nadie la había nombrado… hasta ahora.
La detonante ha sido Marina L., una mujer de 38 años, madre de dos criaturas de 7 y 10 años, que ha decidido romper su silencio en un testimonio que está recorriendo redes, grupos de WhatsApp familiares y reuniones de puertas entreabiertas en pasillos de colegios.
“Lo que más me abruma es que la familia de mi marido me pregunte a mí, y no a él, qué compran a los niños”, afirma Marina, con una mezcla de resignación, hartazgo y esa energía de persona que ya se ha rendido ante el caos de juguetes, mochilas escolares y listas infinitas de cumpleaños.
Su relato ha despertado un fenómeno inesperado: un debate nacional sobre la invisibilización del hombre en el terreno de las decisiones de compra relacionadas con los hijos, una problemática que algunos expertos ya han empezado a catalogar como “hembrismo logístico”, una variante del hembrismo estructural centrada exclusivamente en la micro-gestión del hogar.
El hombre: ese gran olvidado de la compra de juguetes
Durante décadas, las teorías sobre desigualdad en el hogar han girado en torno al protagonismo de la mujer en las tareas domésticas. Sin embargo, un número creciente de especialistas está empezando a señalar que existe un fenómeno inverso que nadie había querido mirar: el hombre invisibilizado como agente decisor en el ecosistema comercial infantil.
No hablamos de cuestiones triviales. Según un estudio que el Diario ASDF se ha inventado con rigor científico, el 92% de las familias pregunta automáticamente a la madre qué comprar a los hijos, aunque el padre se encuentre a escasos centímetros, completamente disponible, con un café en la mano y haciendo ademán de intervenir.
Sin embargo, como confirma el estudio, nadie le pregunta.
Nadie.
Ni siquiera cuando los niños claramente prefieren los regalos que el padre elige. Es irrelevante. Socialmente se ha aceptado un dogma inmutable: “la madre sabe”.
Pero ¿qué consecuencias tiene esto? ¿Qué pasa con esos hombres que también desearían opinar si al niño le viene mejor un puzzle de 5.000 piezas o un camión que canta “¡Soy un camión feliz!” cada cuatro segundos? ¿Qué ocurre con aquellos padres que, pese a su fachada de indiferencia, han invertido horas investigando comparativas de patinetes para terminar siendo completamente ignorados por la familia política?
Marina y el momento en el que dijo “hasta aquí”
Marina recuerda con precisión el instante en el que empezó a comprender la magnitud del problema. Ocurrió un domingo cualquiera, de esos que huelen a tortilla de patatas y a discusiones por quién recoge la mesa. La familia de su marido había venido a comer.
En un momento aparentemente inocente, los abuelos preguntaron:
—¿Qué les compramos este año a los niños?
—Ah, pues no sé, preguntadle a Jaime —respondió Marina, señalando a su marido, que en ese instante estaba vivo, presente, consciente y comiéndose un trozo de empanada.
Pero los abuelos, en un movimiento socialmente enraizado, instintivo, casi reptiliano, giraron la cabeza de nuevo hacia ella. Era como si la frase “preguntadle a Jaime” no se hubiera pronunciado jamás.
—Pero tú sabrás mejor, ¿no? —insistieron.
Fue en ese momento cuando Marina comprendió que algo estaba profundamente desequilibrado en la matriz sociocultural. No se trataba de un caso aislado. Era un patrón repetido, sistemático, una forma de hembrismo tan normalizada que ni siquiera las propias mujeres eran conscientes de ello.
“A veces me siento como si fuera la ministra de Consumo Infantil del Gobierno Familiar, y él un secretario de Estado sin competencias”, confiesa en su testimonio.
La sociedad que cree que los hombres no saben qué hace su propio hijo
Los expertos del Instituto de Cosas Que Nadie Había Estudiado Hasta Hoy (ICQNEHUH) han empezado a analizar este fenómeno, detectando una tendencia clara: se presupone culturalmente que un padre no sabe qué desean sus hijos, como si viviera en permanente estado de despiste emocional y sólo la madre tuviera acceso a la información confidencial del universo infantil.
Entre las frases identificadas por el estudio, se destacan:
- “Pregúntale a tu madre, que lo lleva ella.”
- “Seguro que la madre lo sabe mejor.”
- “El padre trabaja mucho, no estará al tanto.”
- “Ay, pobre, no estará enterado.”
- “¿Pero tú qué sabrás, si siempre estás en el garaje?”
Pero la más dolorosa para los padres encuestados fue:
- “Qué monada de abrigo lleva el niño, seguro que se lo eligió la madre.”
Uno de los investigadores lo resume así:
“Hemos creado un sistema en el que se asume que el hombre está deshabilitado por defecto en la categoría ‘compra infantil’.”
Padres que intentaron opinar… y fracasaron
El Diario ASDF ha recopilado testimonios de padres que han intentado romper el patrón y han salido derrotados por el aparato cultural:
Caso 1: Andrés, 42 años
Intentó elegir el regalo de cumpleaños de su hija. Propuso una cometa profesional. La familia política respondió con un “¿pero no será peligroso?”. Posteriormente, una tía abuela añadió: “Mejor que lo elija la madre, que tiene más cabeza.”
Caso 2: Rafael, 39 años
Sugirió que al niño le compraran un libro porque le gustaba leer. La reacción: “Ay, por favor, Rafael, déjate. Si tú no sabes ni qué lee.” Después se descubrió que Rafael había comprado todos los libros del niño durante cuatro años.
Caso 3: Sergio, 45 años
Intentó decir qué mochila escolar necesitaba su hija. Le respondieron: “Cariño, tú trabaja y deja esas cosas a tu mujer.”
Muchos coinciden en que existe una sensación creciente de que la sociedad considera al padre como un “acompañante emocional adjunto”, no como un progenitor plenamente funcional.
¿Hembrismo estructural o hábito histórico?
Algunos sociólogos consultados aseguran que esto es un residuo cultural de la antigua organización familiar, donde la mujer asumía la gestión del hogar y el hombre era recluido al papel de dispensador de sueldos.
Pero otros expertos, más atrevidos, señalan un nuevo concepto:
“El hembrismo estructural no siempre perjudica a la mujer. A veces la encadena a roles que ya no quiere y expulsa al hombre de espacios donde debería tener presencia.”
Según estos especialistas, la idea de que “la madre es la que lleva las cosas de los niños” ha provocado una dinámica en la que incluso los padres más involucrados se ven tratados como becarios en prácticas del hogar, eternos aprendices cuya opinión puede ser descartada con un leve pestañeo.
Marina propone una revolución doméstica
Lejos de quedarse en la queja, Marina ha impulsado una iniciativa: el Protocolo de Igualdad Decisoria Doméstica (PIDD), cuyo objetivo es otorgar al padre competencias plenas en la gestión de compras infantiles.
El protocolo establece medidas concretas:
- Cada padre tendrá derecho a emitir opinión vinculante sobre al menos el 50% de los regalos anuales.
- La familia política deberá hacer preguntas directamente al padre, sin intermediación femenina.
- En caso de dudas, se aplicará el principio de equivalencia parental: “Si el padre está delante, se le pregunta.”
- Se promoverá el uso del WhatsApp del padre, aunque tarde más en contestar o responda con un audio de 45 segundos.
La resistencia de las familias: “Es que tu marido no se entera”
No todas las familias están acogiendo bien estos cambios. Al implementar el PIDD, Marina recibió objeciones inmediatas:
—Sí, pero es que Jaime nunca contesta.
—Sí, pero es que Jaime no sabe qué talla llevan.
—Sí, pero es que Jaime nos dice que preguntemos a ti.
—Sí, pero Marina hija, tú sabes más.
Marina reconoce que su marido, como muchos padres, ha delegado por inercia, porque la sociedad se lo permitió. Y ahora debe reaprender:
“Él sabía perfectamente la talla. Lo que pasa es que nunca le dejaron usar esa información.”
Conclusión: un país que descubre que los padres existen
El testimonio de Marina ha abierto una brecha inesperada en la sociedad española. Familias enteras están empezando a replantearse si los padres, efectivamente, son seres capaces de gestionar la compra de un pijama, elegir un juego de mesa o coordinar un regalo de cumpleaños sin supervisión materna.
El hembrismo estructural, esa fuerza invisible que asigna roles sin consultar, ha demostrado ser más longevo de lo que parecía.
Pero algo está cambiando. Poco a poco, el país empieza a aceptar una realidad que parecía impensable:
Los hombres también son padres. Y, sorprendentemente, pueden saber qué quieren sus hijos.
La revolución no será televisada. Pero quizá sí se note en el próximo regalo que reciba un niño español: un regalo elegido por su padre, preguntado directamente por la familia y aprobado sin mirar de reojo a la madre.
También le puede interesar
“Lo que más me abruma es que la familia de mi marido me pregunte a mí, y no a él, qué compran a los niños”. En navidades, la planificación de regalos, comidas, actividades escolares y compromisos familiares recae sobre las mujeres, generando más estrés social.elpais.com/nih5w12
