Madrid. Durante semanas, los analistas deportivos, tertulianos de sobremesa y cuñados profesionales debatieron sobre los misteriosos pitidos que se escuchaban en el estadio Santiago Bernabéu. Unos decían que eran protestas contra el entrenador, otros que era el sonido del descontento social, y los más osados aseguraban que era un nuevo tipo de vuvuzela emocional. Hoy, por fin, se conoce la verdad: no eran pitidos de queja, sino gomeros animando en Silbo, el ancestral lenguaje silbado de las Islas Canarias.

La revelación llegó tras una investigación conjunta entre el Diario ASDF, dos becarios con grabadoras prestadas y un señor que pasaba por allí con un perro muy culto. Según el informe, un grupo organizado de gomeros se desplazó a Madrid para animar a su equipo favorito usando Silbo, pero como nadie entendía el mensaje, todo el mundo creyó que estaban protestando.


El misterio de los pitidos

Todo empezó en un partido aparentemente normal. El Real Madrid jugaba contra un rival que, según los comentaristas, “siempre se crece en el Bernabéu aunque luego se vuelva pequeño al salir”. Durante el encuentro, cada vez que el balón salía por banda o alguien fallaba un pase sencillo, se escuchaban pitidos prolongados.

—La afición está muy enfadada —decían en la tele. —Esto es una pitada histórica —afirmaban en la radio. —Son pitidos pero con acento raro —opinaba un señor en un bar.

Las redes sociales ardieron. Unos acusaban al público de ser demasiado exigente. Otros defendían que el Bernabéu siempre ha pitado “con cariño”. Incluso hubo quien propuso poner subtítulos a los pitidos para entenderlos mejor.

Nadie sospechaba que, en realidad, aquellos sonidos no significaban “fuera”, “dimisión” o “esto no hay quien lo vea”, sino mensajes como: “¡Ánimo, corre más por la banda!”, “Buen control, primo” o “Después del partido vamos a por papas arrugadas”.


La pista que lo cambió todo

La clave apareció cuando una profesora de instituto, experta en lenguas minoritarias y en copiar exámenes sin que la pillen, escuchó un fragmento de los pitidos por la tele.

—Eso no es pitar —dijo—. Eso es hablar.

Al día siguiente envió un correo a varias universidades, a tres ayuntamientos y a su grupo de WhatsApp llamado “Amigas del Pilates”. Finalmente, alguien en La Gomera confirmó la sospecha: los sonidos coincidían con estructuras del Silbo Gomero.

Un equipo de expertos se desplazó al Bernabéu con micrófonos, prismáticos y bocadillos. Tras analizar las grabaciones, tradujeron varios mensajes:

  • “Vamos, que te comen la tostada.”
  • “El árbitro tiene cara de no haber dormido.”
  • “Si marcas, invito yo.”

Era oficial: los pitidos no eran quejas, eran frases completas.


¿Quiénes son los gomeros del Bernabéu?

Los protagonistas son un grupo de 47 aficionados procedentes de La Gomera. Se hacen llamar “La Peña Silbadora Merengue”. Viajan juntos, llevan bufandas blancas y, en lugar de cantar, silban conversaciones enteras.

—Nosotros no pitamos, conversamos —explica Eusebio, presidente de la peña—. Lo que pasa es que la gente oye silbos y se piensa que estamos enfadados.

Según cuentan, llevan años animando así en partidos locales, pero nunca habían ido todos juntos a un estadio grande. Cuando llegaron al Bernabéu y empezaron a silbar mensajes como “bien visto ese pase” o “cuidado por detrás”, el resto del público pensó que era una pitada monumental.

—Nos miraban mal —dice Maruja, vicepresidenta—. Una señora me dijo que si no me gustaba el fútbol me fuera a casa. Yo le estaba diciendo al delantero que estaba muy guapo hoy.


Reacciones en el club

El club, al enterarse, se mostró sorprendido pero encantado.

—Siempre agradecemos cualquier forma de apoyo —dijo un portavoz—, aunque sea en idiomas que no salen en el FIFA.

El entrenador confesó que estaba preocupado por las pitadas.

—Pensé que estaban enfadados conmigo —admitió—. Ahora sé que me estaban diciendo “tranquilo, lo estás haciendo bien, pero cambia al lateral”.

Varios jugadores también reaccionaron. Uno de ellos aseguró que en un momento concreto entendió un silbo como si fuera un consejo táctico.

—Escuché algo que sonaba a “abre a la derecha” —dijo—. Abrí a la derecha y casi marcamos. A partir de ahora solo escucharé a los gomeros.


La confusión nacional

Durante días, medios de todo el país hablaron de la supuesta pitada masiva. Algunos la usaron como ejemplo del “malestar social”. Otros la interpretaron como una protesta política. Incluso hubo un debate en una tertulia donde nadie sabía exactamente de qué hablaban, pero todos gritaban.

Cuando se supo la verdad, muchos quedaron en ridículo.

—Llevamos una semana analizando un idioma sin saberlo —dijo un presentador—. Pensábamos que era enfado y era conversación.

Un famoso tertuliano deportivo pidió perdón en directo.

—Yo dije que esos pitidos eran una falta de respeto. Resulta que eran piropos. He sido injusto con los gomeros y con los piropos.


El Silbo entra en el fútbol moderno

Tras el descubrimiento, varios clubes se interesaron por el Silbo como forma de animación alternativa. Algunos entrenadores creen que puede servir para dar instrucciones sin que el rival las entienda.

—Si gritamos “presiona”, nos oyen todos —explicó uno—. Si lo silbamos, solo lo entienden los nuestros y dos señores de La Gomera.

Ya hay academias que ofrecen cursos de “Silbo táctico”. Prometen enseñar frases como:

  • “Cierra por tu banda.”
  • “Dispara, no seas tímido.”
  • “El portero está pensando en otra cosa.”

Eso sí, el curso básico dura seis meses y el avanzado incluye excursión a un barranco para practicar con eco.


Los otros aficionados

No todos están contentos. Algunos socios tradicionales del Bernabéu se quejan.

—Yo llevo pitando 40 años para quejarme —dice Manolo, socio número bajo—. Ahora resulta que hay gente que pita para animar. Me han quitado la identidad.

Otros, en cambio, se han adaptado.

—Yo ya no pito por pitar —explica otro—. Ahora intento decir cosas útiles, aunque no sepa Silbo. El problema es que creo que estoy diciendo “bien” y a lo mejor estoy diciendo “hay sopa”.


Un partido histórico

El siguiente partido fue especial. Los gomeros llevaron una pancarta que decía: “No pitamos, hablamos”. Aun así, cada vez que silbaban, parte del estadio dudaba: ¿era apoyo o crítica?

En un momento del partido, un jugador falló un penalti. Se escuchó un gran silbo desde la zona de los gomeros. Todo el estadio se quedó en silencio.

Minutos después se supo lo que habían dicho:

—“No pasa nada, a la próxima entra, y luego comemos algo.”

El jugador, al enterarse, dijo sentirse mejor que con cualquier aplauso.


Impacto cultural

Expertos en cultura y deportes ven esto como una revolución.

—Es la primera vez que un estadio confunde un idioma con un enfado colectivo —dice un sociólogo—. Es precioso y un poco triste.

El Ministerio de Cultura ha propuesto incluir el Silbo en eventos deportivos importantes. También se estudia poner traductores simultáneos en los marcadores.

—Imagínate: suena un silbo y en la pantalla pone “le está diciendo que se esfuerce” —explican desde el proyecto.


Los gomeros, felices

La Peña Silbadora Merengue está encantada con la fama.

—Ahora nos paran para hacernos fotos —dice Eusebio—. Antes nos paraban para decirnos que dejáramos de pitar.

Han recibido invitaciones para ir a otros estadios, a conciertos y hasta a bodas.

—En una boda nos pidieron que silbáramos el “sí, quiero” —cuenta Maruja—. Lo hicimos y nadie entendió nada, pero todos lloraron.


¿Se acabaron las pitadas?

Desde que se sabe la verdad, cada pitido en el Bernabéu se analiza con cuidado.

—¿Eso es queja o es Silbo? —pregunta la gente.

Algunos incluso han empezado a aprender lo básico.

—Yo ya sé decir “bien jugado” —dice un aficionado—. Lo digo mal, pero con cariño.

Eso sí, las pitadas de enfado siguen existiendo. La diferencia es que ahora hay que aclarar:

—No, no estoy hablando en Silbo. Estoy enfadado de verdad.


Un final feliz y silbado

Lo que empezó como una supuesta protesta se ha convertido en una historia de idiomas, malentendidos y fútbol. Los pitidos del Bernabéu no eran quejas, eran gomeros animando en Silbo, diciendo cosas bonitas, útiles y, a veces, relacionadas con la comida.

Ahora, cada vez que suena un silbo en el estadio, alguien sonríe pensando que, quizá, no es un enfado, sino un “ánimo” muy bien pronunciado.

Y así, entre goles, fallos y silbos, el fútbol ha aprendido una lección: no todo lo que suena a queja lo es. A veces, simplemente, alguien te está diciendo en otro idioma que sigas adelante.

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