Madrid.– La misa funeral celebrada en Madrid en memoria de las víctimas de Adamuz, concebida inicialmente como un acto de recogimiento, duelo y silencio respetuoso, terminó este martes convertida en un nuevo episodio del ya clásico género político español: el protagonismo no solicitado, pero cuidadosamente ensayado. Así lo denunció la ministra de Sanidad y líder de Más Madrid, Mónica García, quien afeó públicamente el papel asumido por la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, durante el acto religioso.

“Hay momentos en los que uno no tiene que ser el centro, ni el foco, ni la foto, ni el plano medio”, declaró García ante los medios, con un tono grave y una gesticulación moderada, calibrada para no superar el volumen emocional permitido en una comparecencia post-funeral. “Es el momento de demostrar que eres patriota y que te pones del lado de las víctimas, no del lado de la cámara”, añadió, en una frase que fue reproducida inmediatamente en pancartas imaginarias y tuits redactados mentalmente.

Un funeral con más capas que un roscón institucional

La misa, celebrada en una iglesia del centro de Madrid con capacidad suficiente para el dolor, la solemnidad y varios cargos públicos con gabardina oscura, pretendía rendir homenaje a las víctimas de la tragedia ocurrida en Adamuz. Sin embargo, según diversas fuentes, el evento acabó acumulando capas simbólicas, políticas y coreográficas que superaron con creces el programa litúrgico previsto.

Desde su llegada, Ayuso habría acaparado miradas, apretones de manos y silencios significativos. Su entrada fue descrita por algunos asistentes como “sobria, pero decidida”, y por otros como “sorprendentemente visible para un acto que no iba de eso”. El detalle no pasó desapercibido para el resto de representantes políticos, que se limitaron a ocupar sus bancos asignados con la discreción de quien sabe que no ha sido convocado para ser protagonista, sino para estar.

El protagonismo como fenómeno atmosférico

Fuentes cercanas al entorno de Mónica García explican que la ministra no cuestiona la presencia institucional de Ayuso, sino lo que denominan “una sobrerrepresentación emocional”. Es decir, una forma de estar que no se mide en palabras, sino en centímetros de plano, segundos de atención y número de veces que una cámara duda antes de cambiar de encuadre.

“Hay una diferencia entre acudir como presidenta y acudir como acontecimiento”, explican desde Más Madrid, subrayando que el luto no debería convertirse en un escenario donde competir por la gravedad del gesto o la profundidad del suspiro.

Según estas fuentes, García habría observado cómo Ayuso ocupaba una posición central no solo en el espacio físico, sino en el relato posterior del acto. “No se trataba de quién estaba más cerca del altar, sino de quién parecía estar más cerca del concepto abstracto de España”, ironizó un asesor, utilizando una metáfora que no fue desmentida.

Ayuso, España y el silencio que habla

Desde el entorno de la presidenta madrileña se rechazaron las críticas, asegurando que Ayuso acudió “con absoluto respeto, recogimiento y sin realizar declaración alguna durante el acto”. Una defensa que, paradójicamente, reforzó la polémica, ya que nadie había cuestionado lo que dijo, sino lo que representó.

“Isabel Díaz Ayuso no habló, y precisamente por eso habló mucho”, afirmó un analista político consultado por ASDF, especializado en silencios institucionales y miradas dirigidas al infinito. “En España, el silencio no siempre es ausencia de mensaje; a veces es un mensaje con subtítulos”.

Según este experto, la presencia de Ayuso funcionó como un elemento narrativo autónomo, capaz de generar titulares incluso sin necesidad de micrófono. “Es un talento político poco común”, concluyó.

El concepto de patriotismo según el manual invisible

Uno de los puntos más comentados de las declaraciones de Mónica García fue su apelación al patriotismo, un término tradicionalmente disputado y recientemente ampliado para incluir variables como empatía, discreción y saber cuándo no salir en la foto.

“Ser patriota no es colocarte en el centro del dolor, sino acompañarlo desde el margen”, explicó la ministra, utilizando una definición alternativa que no figura en los diccionarios, pero sí en varios editoriales de opinión no escritos.

García insistió en que el patriotismo institucional pasa por “dejar que el protagonismo lo tengan las víctimas, sus familias y el silencio”, algo que, según ella, resulta incompatible con cualquier gesto que pueda interpretarse como capitalización política del duelo.

Reacciones en cadena y análisis de gesto a gesto

Las declaraciones provocaron una inmediata reacción en el ecosistema político y mediático. Algunos dirigentes apoyaron a García, señalando que “hay actos que no admiten protagonismos”, mientras que otros defendieron a Ayuso argumentando que “no se puede criticar a alguien por estar presente”.

Entre tanto, varios tertulianos analizaron durante horas imágenes del funeral, deteniéndose en detalles como la posición de las manos, la inclinación de la cabeza o la duración de los silencios. Un programa incluso utilizó un gráfico para medir el “índice de solemnidad percibida”, aunque nadie supo exactamente cómo se calculaba.

La misa que no pidió ser noticia

Lo que debía ser un acto de homenaje terminó convirtiéndose en un nuevo episodio del debate político nacional, algo que no sorprendió a nadie y, al mismo tiempo, decepcionó a muchos. “Es triste que incluso el duelo acabe politizado”, comentó una asistente anónima, mientras ajustaba su abrigo y trataba de recordar por qué había ido.

Desde Adamuz, varias voces expresaron su malestar por el giro del relato. “Aquí queríamos recuerdo, no controversia”, señaló un familiar de una de las víctimas, recordando que el motivo del acto no era evaluar liderazgos, sino honrar ausencias.

Epílogo: el eterno debate del ‘estar’ y el ‘cómo estar’

El cruce de declaraciones entre Mónica García e Isabel Díaz Ayuso no parece que vaya a tener consecuencias inmediatas más allá de titulares, debates y columnas de opinión cuidadosamente indignadas. Sin embargo, vuelve a poner sobre la mesa una cuestión recurrente en la política española: no basta con acudir, también hay que saber cómo hacerlo.

En un país donde cada gesto es interpretado, cada silencio amplificado y cada funeral potencialmente convertido en escenario, la línea entre el respeto institucional y el protagonismo percibido es más fina que nunca.

Mientras tanto, las víctimas de Adamuz siguen siendo el centro que todos mencionan y pocos logran mantener. Y la misa, concebida como un espacio de recogimiento, quedará en la memoria colectiva no solo por lo que se rezó, sino por lo que se interpretó.

Porque en España, incluso el silencio tiene agenda.

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