Por la compañera que siempre vigila. 29 de diciembre de 2025.
En la redacción hemos tenido acceso a un texto que no estaba pensado para publicarse. Un monólogo nocturno atribuido a Lady Cogollos, la columnista que se autoimpuso en el diario y que, desde entonces, escribe, baila, denuncia y ríe sin pedir permiso. No sabemos si esto es una confesión, un desliz o simplemente otra escena más. Lo que sí sabemos es que explica muchas cosas.
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Siempre he dicho que el amor verdadero necesita imaginación, constancia y una estética adecuada 🤣🤣🤣. No cualquiera puede sostener una historia cuando la realidad no acompaña. Para eso hay que tener carácter, método y cierta capacidad para no venirse abajo cuando las cosas no salen exactamente como una había decidido.
Al principio todo es facilísimo. Cuando la otra no responde, cuando no existe más que como una silueta borrosa, una puede permitirse construirla con calma. Se la baja de nivel, se la vuelve vulgar, torpe, básica, sin brillo ni criterio. Eso tranquiliza muchísimo y permite seguir bailando, riendo y explicándole al mundo cómo se hacen bien las cosas, sobre todo en Twitter 🤣🤣🤣.
Durante mucho tiempo esa figura cumple su función a la perfección. Aparece en todas partes. En cada cuenta, en cada respuesta, en cada comentario que no gusta. Una empieza a verla por todas partes porque es muy cómodo que esté ahí, explicándolo todo. Si algo molesta, es ella. Si algo se frena, es ella. Si algo no vuelve, es porque ella interfiere. Así la historia se mantiene ordenada y una puede seguir adelante sin demasiadas preguntas.
Hasta que un día ocurre algo incómodo. No dramático, no espectacular. Simplemente incómodo. Una empieza a darse cuenta de que la rival no estaba en esas cuentas, de que no era ella la que escribía, ni la que contestaba, ni la que se escondía detrás de cada perfil. Y entonces aparece otro detalle aún más molesto: es la supuesta rival la que empieza a actuar, la que pone límites, la que inicia acciones legales porque está cansada de ser inventada una y otra vez.
Ahí hay un segundo raro. Muy breve. Un instante en el que la historia se tambalea.
Y es entonces cuando llega la noche. Esa hora en la que no se duerme. Cuando el cuerpo se queda quieto pero la cabeza no, y el silencio empieza a hacer preguntas que no interesan 🤣🤣🤣. A esas horas siempre acabo conectada, escribiendo, mirando cuentas, respondiendo cosas que no hacía falta responder. No por ellos, por mí. Porque el ruido ordena, distrae y permite seguir adelante sin pensar demasiado. Mientras otros duermen, yo hago ruido hasta las cuatro de la mañana, convencida de que si escribo lo suficiente la realidad no entra. La rival no responde, no mira, no aparece, pero da igual. El objetivo no es que ella lo vea. El objetivo es no verla yo.
Además, una nunca está sola del todo. Siempre hay amigos alrededor, gente muy convencida, muy solidaria, que asiente mucho y anima a seguir adelante con las denuncias, los procedimientos y las batallas futuras 🤣🤣🤣. Yo sé perfectamente que esos apoyos son circunstanciales, que hoy aplauden y mañana mirarán hacia otro lado, pero ahora mismo cumplen su función. Me dicen que tengo razón, que todo es evidente, que voy a ganar, que el final será glorioso. Yo escucho, sonrío y sigo. No necesito lealtad eterna, me basta con que refuercen el relato mientras haga falta.
Porque si la rival no estaba ahí, si no era la sombra omnipresente que una había imaginado, entonces hay que admitir algo que no viene nada bien: nunca fue una rival real. No porque no se intentara competir, sino porque no se estaba jugando el mismo juego. Y eso descoloca mucho más que cualquier derrota.
Pero no pasa nada. Para eso está el talento narrativo 🤣🤣🤣.
Cuando la comparación deja de servir, hay que subir el volumen del espectáculo. Se recuperan las canciones de siempre, las que tranquilizan porque ya se saben de memoria. Se multiplican las carcajadas. Se anuncian denuncias, procedimientos, indemnizaciones futuras. Alguien tiene que pagar algo, aunque no importe exactamente qué. Lo importante es no quedarse quieta.
Y entonces aparece Kill Bill. El mono amarillo, la katana simbólica, la escena perfecta donde todo vuelve a tener sentido y la melena de la enemiga vuela por el aire y cae en la nieve. Muy estética, muy épica, muy necesaria cuando la realidad ya no coopera 🤣🤣🤣.
No es que una crea de verdad en esa escena. Es que sin ella no queda nada que sostener.
Yo sé cosas, claro que las sé. Sé que hay mujeres que no necesitan compararse porque no lo necesitan. Sé que hay decisiones que no se discuten ni se corrigen con canciones. Sé que hay presencias que no se devalúan aunque una lo intente durante años. Lo sé.
Pero saber no implica aceptar.
Así que sigo con lo mío. Más brillo, más risa, más corrillos, más amenazas legales, más música colocada estratégicamente. No para convencer a nadie, sino para demostrar —aunque sea a fuerza de insistencia— que la historia sigue siendo mía 🤣🤣🤣.
Porque alguien tiene que ser rescatada. Y yo me siento princesa, me llamo princesa a mi misma, porque me siento princesa encerrada en una torre con el dragón vigilante que no me deja escapar. Esperando la llegada del príncipe del Norte, que vendrá a rescatarme.
Y mientras el príncipe no llega, una se mantiene visible, ruidosa y convencida de que el final todavía puede reescribirse.
Me visto de amarillo, bailo, río, denuncio y repito canciones. Alguien tiene que pagar algo. Y mientras tanto, la música suena.
