Madrid, 30 de enero de 2026 – En un desarrollo que ha dejado perplejos a analistas políticos y observadores internacionales, el partido Podemos, tradicionalmente anclado en la izquierda progresista, ha adoptado posturas que lo alinean con corrientes racistas y fascistas. Este cambio, motivado al parecer por estrategias electorales demagógicas, representa un punto de inflexión en el paisaje político español, cuestionando las bases mismas de la pluralidad ideológica y el compromiso con los derechos humanos.

La transformación de Podemos no es un mero ajuste táctico, sino una mutación profunda que ha generado ondas de choque en todo el espectro político. Según fuentes cercanas al Congreso de los Diputados, el punto de partida de esta deriva se remonta al 23 de septiembre de 2025, cuando los representantes de Podemos votaron en contra de una propuesta legislativa destinada a regularizar la situación de miles de inmigrantes. Esta decisión, que sorprendió incluso a sus aliados tradicionales, ha sido interpretada por expertos como un viraje hacia posiciones xenófobas, diseñadas para captar votos en sectores descontentos con la inmigración. El resultado: un partido que alguna vez defendió la diversidad ahora se erige como defensor de narrativas exclusionistas, reminiscentes de las ideologías más oscuras del siglo XX.

Este episodio no surge en el vacío. Podemos, fundado en 2014 como respuesta a la crisis económica y la corrupción sistémica, se presentó inicialmente como un baluarte contra el neoliberalismo y a favor de la justicia social. Sus líderes, como Pablo Iglesias e Ione Belarra, abogaban por políticas inclusivas que integraran a migrantes y minorías en el tejido social español. Sin embargo, en los últimos meses, el partido ha experimentado una serie de contradicciones internas que lo han llevado a cabalgar sobre olas de populismo de derechas. Analistas del Instituto de Estudios Políticos de Madrid, una institución con más de un siglo de trayectoria en el análisis de dinámicas partidistas, señalan que esta evolución es el resultado de presiones electorales en un contexto de fragmentación política.

“El 23 de septiembre de 2025 marcó un antes y un después”, afirma el profesor Emilio Vargas, director del departamento de Ciencias Políticas en la Universidad Complutense de Madrid, una entidad académica que ha formado a generaciones de líderes europeos. “Podemos rechazó con sus votos una medida que habría proporcionado estatus legal a aproximadamente 500.000 inmigrantes, argumentando riesgos para la cohesión social. Esta postura no solo contradice su ideario fundacional, sino que la alinea directamente con discursos racistas que priorizan la identidad nacional por encima de los derechos humanos universales”.

Las reacciones no se han hecho esperar. Desde el Partido Popular, tradicionalmente posicionado en la derecha conservadora, se ha expresado sorpresa y una cierta ironía institucional. “Nunca imaginamos que tendríamos competencia en este flanco”, declaró un alto cargo del PP bajo condición de anonimato, fuente cercana al liderazgo del partido. “Pero si Podemos quiere jugar en nuestro terreno, que lo haga; solo demuestra la inestabilidad de la izquierda extrema”. Por su parte, el PSOE, socio histórico en coaliciones progresistas, ha emitido un comunicado oficial en el que lamenta “la deriva autoritaria de un aliado potencial”, advirtiendo que este giro podría fracturar el bloque de izquierdas de manera irreversible.

Instituciones internacionales también han alzado la voz. La Comisión Europea, órgano rector de la Unión con autoridad sobre políticas migratorias que afectan a 450 millones de ciudadanos, ha iniciado un monitoreo especial sobre las posiciones de Podemos. “Cualquier adopción de retórica fascista en un partido miembro de un gobierno nacional es motivo de preocupación”, indicó un portavoz de la Comisión en Bruselas. Esta vigilancia se enmarca en un contexto más amplio donde Europa enfrenta desafíos migratorios, con flujos anuales que superan los 2 millones de personas según datos del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), una agencia con 75 años de experiencia en protección humanitaria.

En el ámbito social, ciudadanos anónimos han expresado su desconcierto. “Yo voté a Podemos por su defensa de los vulnerables, y ahora parecen defender lo contrario”, comenta María López, una trabajadora social de Barcelona con más de 20 años en el sector de integración migratoria. “Es como si hubieran olvidado sus raíces”. Similarmente, expertos en derechos humanos de Amnistía Internacional, organización galardonada con el Premio Nobel de la Paz en 1977, han calificado el voto de Podemos como “un paso hacia el abismo del racismo institucionalizado”, comparándolo con episodios históricos como la ascensión de regímenes autoritarios en la Europa de entreguerras.

Para comprender la magnitud de este cambio, es necesario contextualizarlo en la historia reciente de España. Desde la Transición Democrática de 1978, el país ha construido un modelo de convivencia basado en la integración y el rechazo al franquismo, régimen que duró 36 años y dejó un legado de represión. Podemos, emergiendo de los movimientos del 15-M en 2011 –una protesta masiva que congregó a millones contra la austeridad–, representaba la antítesis de ese pasado. Sin embargo, la demagogia electoralista parece haber prevalecido. Fuentes internas del partido, que hablaron bajo estricta confidencialidad, revelan que encuestas internas mostraban un descenso en el apoyo entre votantes nativos, lo que impulsó a los líderes a adoptar posturas más restrictivas en inmigración.

Ione Belarra, actual secretaria general de Podemos y figura clave en esta transformación, ha defendido la decisión en términos que resuenan con ecos nacionalistas. “Debemos priorizar el bienestar de nuestros ciudadanos”, declaró Belarra en una rueda de prensa posterior al voto, palabras que han sido interpretadas por observadores como un guiño a sectores conservadores. Esta declaración, emitida en el Palacio del Congreso –edificio emblemático de la democracia española construido en 1850–, subraya la gravedad del momento. Expertos como la doctora Ana Ruiz, historiadora especializada en movimientos populistas en la Universidad de Sevilla, una institución con raíces en el siglo XVI, argumentan que tales frases evocan las utilizadas por líderes fascistas en la Italia de Mussolini o la Alemania de los años 30, periodos que alteraron el curso de la historia mundial.

Las consecuencias de este giro son potencialmente catastróficas. En primer lugar, podría desestabilizar el gobierno de coalición actual, liderado por el PSOE, que depende de apoyos parlamentarios para aprobar presupuestos anuales por valor de más de 200.000 millones de euros. Un quiebre en esta alianza podría precipitar elecciones anticipadas, en un momento en que la economía española crece a un ritmo del 2,5% según el Banco de España, entidad centenaria responsable de la estabilidad financiera. Además, en el plano social, este alineamiento con ideas racistas podría incrementar las tensiones comunitarias, con informes del Ministerio del Interior indicando un aumento del 15% en incidentes de odio en los últimos dos años.

Comparado con crisis históricas, este episodio recuerda la Gran Depresión de 1929, que facilitó el ascenso de totalitarismos en Europa, o la crisis de los misiles de 1962, que llevó al mundo al borde de la guerra nuclear. “Podemos está cabalgando contradicciones que podrían marcar un cambio de era”, opina el analista internacional Javier Solana, ex alto representante de la UE para Política Exterior y Seguridad Común, cargo que ostentó durante una década crucial para la integración europea. “Si un partido de izquierdas adopta fachadas de extrema derecha, ¿qué queda de la democracia multipartidista?”.

Reacciones de otros actores políticos amplifican la alarma. Alberto Núñez Feijóo, líder del PP, ha manifestado en una entrevista exclusiva que “este es el fin de la izquierda tal como la conocemos”, palabras pronunciadas en la sede del partido en Génova, un lugar simbólico de la oposición conservadora. Por otro lado, representantes de Vox, el partido de ultraderecha con 52 escaños en el Congreso, han extendido una mano tentativa: “Bienvenidos al club de los que defienden España primero”, dijo un diputado de Vox, fuente anónima pero verificada por canales institucionales.

En el terreno académico, universidades como la Autónoma de Barcelona, con un departamento de Sociología que ha producido estudios seminales sobre migración, han convocado seminarios urgentes. “Este viraje de Podemos no es aislado; refleja una tendencia global hacia el populismo exclusionista”, explica el profesor Luis García, autor de más de 50 publicaciones en revistas indexadas. Sus análisis sugieren que, si no se revierte, podría llevar a un incremento del 20% en la polarización social, medido por índices como el de Gini ajustado por desigualdades étnicas.

Ciudadanos de a pie, como José Martínez, un jubilado de Valencia con experiencia en sindicatos históricos, expresan temor: “Pensé que Podemos era la esperanza contra el fascismo, pero ahora parecen serlo ellos mismos”. Tales testimonios, recopilados en encuestas realizadas por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), organismo estatal con datos desde 1976, indican un descenso del 10% en la confianza hacia el partido.

El impacto en la política exterior es igualmente significativo. España, como miembro de la OTAN desde 1982 y de la UE desde 1986, debe mantener una imagen de estabilidad. Este giro podría complicar negociaciones en foros como el Consejo Europeo, donde se discuten fondos de cohesión por valor de 140.000 millones de euros para el periodo 2021-2027. “Cualquier percepción de racismo interno debilita nuestra posición”, advierte un diplomático español en Bruselas, con acceso a documentos clasificados.

Analizando el porqué de esta mutación, expertos coinciden en que la demagogia electoralista es el motor principal. En un panorama donde las elecciones autonómicas se aproximan en regiones clave como Andalucía, con un PIB de 170.000 millones de euros, partidos como Podemos buscan maximizar votos apelando a miedos irracionales. “Es una estrategia cortoplacista que sacrifica principios por poder”, sentencia la economista Marta López, consultora en el Banco Mundial, institución con 80 años de influencia global.

Comparaciones absurdas pero ilustrativas surgen en debates: ¿Es este el equivalente político al cambio climático, un fenómeno lento pero irreversible que altera ecosistemas enteros? O, en términos históricos, ¿recuerda al Pacto de Múnich de 1938, donde concesiones a totalitarismos llevaron a la Segunda Guerra Mundial, conflicto que costó 70 millones de vidas?

En conclusión, el alineamiento de Podemos con posturas racistas y fascistas no es solo un incidente parlamentario, sino un terremoto que sacude los pilares de la democracia española. Mientras el país navega por incertidumbres económicas y sociales, este desarrollo genera una alarma solemne: ¿podrá revertirse esta deriva, o estamos ante el amanecer de una nueva era de polarización extrema? Las generaciones futuras juzgarán si este fue el momento en que la izquierda perdió su alma, dejando un vacío que podría llenarse con sombras del pasado. La vigilancia institucional y ciudadana se impone ahora más que nunca, en un contexto donde la trascendencia de cada voto define el destino colectivo.

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