Artículo de opinión para el Diario ASDF
Durante años nos han repetido, con la suavidad de un mantra institucional y la insistencia de un vendedor de alarmas, que vivimos en la senda luminosa de la “igualdad de género”. Que cada decreto, protocolo, observatorio, ministerio, macroencuesta y campaña con cartel pastel forma parte de un avance histórico hacia un mundo más justo. Que todo está orientado a poner a hombres y mujeres al mismo nivel. Que no hay sesgo, que no hay trampas, que no hay privilegios en una dirección concreta. Que todo es equilibrio.
Y, sin embargo, cualquiera que observe con un mínimo de espíritu crítico —o simplemente con la capacidad cognitiva de un ficus bien hidratado— empieza a notar un pequeño detalle: la igualdad que nos venden se parece sospechosamente a una segregación cuidadosamente maquillada. Como esas zonas “pet friendly” que acaban significando, en realidad, que el resto del local es “pet unfriendly”. O como cuando tu cuñado te dice que “tú verás lo que haces” y ambos sabéis que, en realidad, no vas a ver nada: vas a obedecer.
En este artículo analizaremos por qué la llamada “igualdad de género” se ha convertido, progresivamente, en un sistema de compartimentos estancos donde hombres y mujeres no se encuentran, no colaboran, no se entienden y, en ocasiones, ni siquiera tienen derecho a participar del mismo debate. Todo, eso sí, en nombre de la convivencia y el progreso social. Nada más igualitario que separar, al parecer.
1. La igualdad que empieza separando la pregunta
El primer síntoma de esta gran ironía contemporánea es lingüístico. ¿Ha probado usted a formular una opinión en voz alta? Todo depende del sujeto gramatical. Si la frase empieza por “a los hombres…”, es opinión autorizada. Si la frase empieza por “a las mujeres…”, es machismo salvo que usted pertenezca al Consejo Superior de Personas que Pueden Decir Cosas de Mujeres sin Consecuencias.
La igualdad de género, tal y como se aplica hoy, no permite el mismo margen discursivo a todos. Lo que en principio debía ser una conversación compartida se ha convertido en un concurso por ver quién tiene derecho a hablar de qué. Existen temas que ciertos colectivos pueden abordar y otros no. No por formación. No por experiencia. Simplemente por pertenecer al género “equivocado” para esa conversación.
Es una igualdad que primero te pide que participes y luego te recuerda que tu participación, por procedencia biológica, es sospechosa.
2. La igualdad que divide a la ciudadanía en categorías legales
Sería maravilloso que la igualdad de género fuese realmente igualdad de derechos, igualdad de trato, igualdad de expectativas. Pero basta leer las leyes —sí, esas que los periódicos sólo comentan por encima— para darse cuenta de que hay artículos que tratan de forma distinta a ciudadanos distintos por el simple hecho de ser hombres o mujeres.
Hombres y mujeres no reciben el mismo trato en la ley penal. No son medidos con la misma vara en los conflictos familiares. No están protegidos por los mismos mecanismos institucionales. Y si se señala esta disparidad, la respuesta suele ser: “Bueno, es que la igualdad real exige desigualdad legal”.
Claro. Y la paz mundial exige un poco de guerra. Y adelgazar exige comerse una palmera de chocolate. Y aprobar exige estudiar después del examen.
Es un argumento que se ha repetido tanto que, por desgaste, ha terminado pareciendo sensato. Pero la lógica sigue siendo absurda: no puedes alcanzar la igualdad mediante una desigualdad sistematizada. Es como intentar equilibrar una mesa recortando sólo una pata.
3. La igualdad que pide cuotas… pero sólo para un lado
Uno de los síntomas más pintorescos de nuestra época es el concepto de “representación equilibrada”. El equilibrio, según parece, consiste en que ciertas instituciones deben tener un mínimo de mujeres. Nunca se pide el mínimo inverso. No existe la alarma social porque un centro de estudios feministas esté compuesto en un 97% por mujeres. No existe indignación porque equipos de mediación emocional sean prácticamente monogenéricos.
No. La desigualdad sólo preocupa si se da en una dirección concreta. Si se da en la otra, se celebra como un logro. Es como si la balanza de justicia hubiera aprendido a guiñar el ojo izquierdo.
Las cuotas podrían haber sido una herramienta de transición hacia una participación verdaderamente equilibrada. Pero se han convertido en una forma de certificar la segregación, de instaurar la idea de que cada género tiene reservado un número de sillas y no debe aspirar a más ni a menos. Como si el talento, la capacidad y la experiencia fuesen variables secundarias. Como si lo prioritario fuese el censo biológico.
4. La igualdad que necesita observatorios para contarte que la igualdad ya llegó
Los observatorios institucionales funcionan como el parte meteorológico: cada año anuncian que llueve desigualdad, pero la semana que viene habrá tormenta de privilegios masculinos y hay que preparar paraguas legislativos.
El problema es que la igualdad que necesita medirse obsesivamente suele ser una igualdad que no se practica.
Pero más allá del análisis estadístico, lo curioso es la obsesión por separar todos los datos por género, incluso aquellos en los que la variable de género no aporta ninguna comprensión útil. Hay informes en los que podría aparecer la categoría “personas con calcetines azules” y no se notaría diferencia en la lógica.
La sociedad se acostumbra, sin darse cuenta, a interpretar cada fenómeno humano de forma segregada:
- consumo cultural por género,
- ocio por género,
- violencia por género,
- salud por género,
- participación social por género.
La pregunta ya no es “¿qué ocurre?”, sino “¿a quién le ocurre más?”. Se crea un ecosistema de competición permanente, donde el objetivo no es resolver problemas, sino determinar quién sufre más y, por tanto, merece más políticas específicas.
Es la desigualdad como moneda política.
La segregación como tablero de juego.
5. La igualdad que convierte la convivencia en sospecha recíproca
Uno de los efectos más dañinos de esta supuesta igualdad segregadora es la desconfianza institucionalizada. Convierte las relaciones entre hombres y mujeres en un campo minado: cada interacción se convierte en un protocolo.
- ¿Hablaré demasiado?
- ¿Estaré interrumpiendo?
- ¿Parecerá paternalismo?
- ¿Parecerá intimidación?
- ¿Debería pedir permiso para tener opinión?
- ¿Tengo que mirar al suelo? ¿Al techo? ¿Al vacío existencial?
No se fomenta la colaboración ni el respeto mutuo: se fomenta la precaución obsesiva. Se enseña a la ciudadanía a tratar al otro género como un riesgo, no como un aliado. Una especie de convivencia gestionada por manual de instrucciones, como si estuviéramos montando una estantería sueca emocional.
La igualdad real debería unir, no separar.
La igualdad real debería normalizar la convivencia, no convertirla en burocracia interpersonal.
6. La igualdad que demoniza lo compartido y glorifica lo exclusivo
Quizá el síntoma más evidente de esta segregación disfrazada sea el auge de espacios “exclusivos para mujeres”. Gimnasios exclusivos. Charlas exclusivas. Talleres exclusivos. Jornadas de liderazgo exclusivas. Incluso carriles simbólicos si nos descuidamos.
La narrativa lo justifica diciendo que estos espacios “son necesarios para empoderar”.
Curioso: hace décadas, la lucha era eliminar los espacios exclusivos para hombres; hoy la celebración consiste en crear los espacios exclusivos para mujeres. Es decir, la misma segregación, cambiada de lado y bautizada con nombre de virtud.
Mientras tanto, los espacios mixtos empiezan a ser vistos con desconfianza. “Ahí no se sienten seguras.” “Ahí no se sienten escuchadas.” “Ahí no se sienten representadas.”
En lugar de mejorar esos espacios, se crean espacios alternativos que profundizan la brecha.
Es como si el objetivo fuera dejar de compartir el mundo y empezar a turnarse en él.
7. La igualdad que no admite que alguien pregunte “¿esto es igualdad?”
Tal vez la señal definitiva de que la supuesta igualdad se ha convertido en segregación es la reacción ante cualquier cuestionamiento. Preguntar “¿estamos seguros de que esta política es igualitaria?” es suficiente para ser acusado de conspiracionista, reaccionario, misógino o, peor aún, de haber leído el BOE sin permiso.
Una igualdad que no resiste preguntas es una igualdad sospechosa.
Una igualdad que necesita blindarse contra el debate no es igualdad: es doctrina.
8. ¿Y si lo que necesitamos es dejar de contar sillas y empezar a contar capacidades?
La solución no es volver al pasado, ni negar las desigualdades históricas, ni idealizar una armonía inexistente. La solución es más simple y más compleja a la vez:
Dejar de entender lo humano como un conflicto de bandos.
Dejar de legislar por género.
Dejar de enfrentar estadísticas.
Dejar de repartir espacios como si fuesen parcelas ocupadas.
Dejar de asumir que hombres y mujeres deben vivir en trincheras opuestas.
Y empezar, de una vez por todas, a medir lo que importa:
- la responsabilidad individual,
- la educación compartida,
- la colaboración,
- la empatía real,
- la reciprocidad.
La igualdad auténtica no exige separar.
La igualdad auténtica exige dejar de mirar el género como la variable que determina todo.
9. Conclusión: Igualdad o segregación, pero no las dos a la vez
Nos han vendido una igualdad que, paradójicamente, pasa por todo tipo de separaciones simbólicas, legales, culturales e institucionales. Y nos han enseñado a aceptarla como el único camino posible.
Pero una sociedad que divide para igualar no iguala nada.
Solo reorganiza la desigualdad en direcciones distintas.
La verdadera igualdad no consiste en crear dos mundos paralelos, sino en demostrar que podemos convivir en uno solo sin tutelas ideológicas, sin muros innecesarios y sin sospechas permanentes.
Quizá haya llegado el momento de hacer la pregunta que nadie parece querer escuchar:
¿Queremos igualdad… o queremos seguir llamando igualdad a lo que es, en realidad, segregación?
Agradecimientos:
Desde el Diario ASDF queremos agradecer a José Luis Sariego por este increíble tweet donde la imagen que en el aparece no solo sirve como portada de este articulo, si no como fuente de inspiración para el mismo.
