La periodista, activista y concepto abstracto Sarah Santaolalla convocó este sábado una manifestación en defensa de su persona, su trayectoria y, según el manifiesto oficial, “todo aquello que ella representa aunque todavía no sepamos exactamente qué es”. La concentración, celebrada en una céntrica plaza cuya identidad se mantiene en reserva por respeto al mobiliario urbano, reunió finalmente a cuatro personas, cifra que los organizadores calificaron de “multitud selecta” y “éxito proporcional”.

El acto, anunciado durante toda la semana en redes sociales mediante mensajes solemnes, hilos infinitos y un uso intensivo del signo de exclamación, tenía como objetivo denunciar una supuesta campaña de descrédito contra la propia convocante, así como “la violencia simbólica del desacuerdo” y “la intolerable agresión que supone que haya gente que no esté de acuerdo con ella”.

Una manifestación íntima, casi espiritual

Desde primera hora de la mañana, el ambiente era de expectación contenida. A las once en punto, hora oficial del inicio, ya se encontraban en la plaza tres de las cuatro asistentes confirmadas, lo que permitió a la organización hablar de “afluencia temprana” y “crecimiento orgánico”. La cuarta llegó más tarde, alegando problemas con el transporte público y una confusión con el grupo de WhatsApp.

Fuentes cercanas al evento explican que el reducido número de participantes no fue un fallo de convocatoria, sino una decisión estratégica:
—No queríamos que esto se descontrolara —aseguró una portavoz improvisada—. Cuanta más gente, más riesgo de que alguien piense distinto.

Las asistentes, descritas por analistas sociológicos como “un grupo homogéneo en edad, convicciones y tono de indignación”, portaban pancartas con mensajes como “Sarah somos todas”, “Si no me aplaudes, me atacas” y “Libertad de expresión, pero la mía”. Todas coincidían en que la manifestación había sido “masiva en espíritu”.

El altavoz que hizo historia

Uno de los elementos más comentados del acto fue el uso de un altavoz de alta potencia por parte de Santaolalla para dirigirse a las asistentes. El dispositivo, diseñado para eventos multitudinarios y posiblemente festivales de verano, resultó ser técnicamente innecesario dadas las dimensiones del público.

De hecho, expertos en acústica consultados por el Diario ASDF coinciden en que, de haber hablado en tono bajo o incluso en un susurro educado, la convocante habría sido perfectamente escuchada por la totalidad de las presentes, incluidas las que se encontraban “al fondo”, a una distancia estimada de metro y medio.

—Era como usar un cañón para encender una vela —explicó un ingeniero de sonido que pasaba por allí por casualidad—. El eco rebotaba entre las farolas y volvía con más intensidad que el mensaje.

El altavoz, según testigos, se escuchó con claridad en calles adyacentes, donde varios transeúntes preguntaron si se estaba grabando un podcast o si se trataba de una prueba de Protección Civil.

El discurso: largo, intenso y sin interrupciones externas

Durante aproximadamente 47 minutos, Sarah Santaolalla ofreció un discurso en el que repasó su trayectoria, sus batallas personales, las injusticias sufridas en redes sociales y el problema estructural de que haya personas que la critiquen.

Entre los momentos más destacados, subrayó que:

  • Las críticas no son opiniones, sino ataques.
  • El desacuerdo es una forma sofisticada de violencia.
  • El hecho de que no todo el mundo piense como ella es una anomalía democrática que debería estudiarse.

Las asistentes asentían con vehemencia, interrumpiendo en ocasiones con aplausos sincronizados y frases de apoyo como “¡Tal cual!” o “¡Eso es literal!”. En un momento especialmente emotivo, una de ellas exclamó “¡Habla más alto, que no te oigo!”, pese a encontrarse a escasos centímetros del altavoz.

Análisis demoscópico del público asistente

Aunque en redes sociales algunos críticos utilizaron expresiones despectivas para referirse a las asistentes, el Diario ASDF ha optado por un análisis más riguroso y académico. Según el Instituto Independiente de Estudios Evidentes, el perfil del público respondía a lo que los tertulianos suelen caricaturizar con términos coloquiales, pero que en realidad se corresponde con un arquetipo sociológico muy concreto: personas altamente movilizadas, intensamente convencidas y moderadamente dispuestas a contrastar ideas.

—No es que sean pocas —explica un sociólogo consultado—, es que son intensas. Y la intensidad ocupa espacio simbólico.

El estudio también destaca que, pese a ser cuatro, las asistentes se percibían a sí mismas como “muchísimas”, especialmente cuando se miraban entre ellas con aprobación mutua.

Reacciones políticas y mediáticas

La manifestación no pasó desapercibida para el ámbito político. Desde diferentes formaciones se valoró el acto con cautela.

Un diputado declaró:
—Respetamos cualquier movilización, incluso las conceptuales.

Por su parte, un portavoz anónimo de un partido rival añadió:
—Convocar una manifestación para defenderte de la gente que no te aplaude es una performance interesante. No sabemos si es protesta o monólogo, pero tiene mérito.

En televisión, varios programas debatieron si el evento debía considerarse una manifestación, una reunión de amigas o un directo de Instagram llevado demasiado lejos. La conclusión general fue que “todo a la vez”.

Impacto internacional

Medios extranjeros no tardaron en hacerse eco de la noticia, especialmente aquellos especializados en fenómenos sociales inexplicables. Un periódico alemán tituló: “Cuatro personas, una causa y un altavoz demasiado grande”, mientras que en Francia se habló de “existencialismo aplicado a la protesta”.

En círculos académicos, ya se plantea estudiar el caso como ejemplo de “movilización autorreferencial”, una nueva forma de activismo en la que la causa, la líder y el público coinciden plenamente.

Balance final de la organización

Al término del acto, Santaolalla se mostró satisfecha:

—Hemos demostrado que no hace falta mucha gente para tener razón —afirmó—. Basta con estar convencida.

La organización cifró la asistencia en “cuatro presenciales y miles emocionales”, incluyendo seguidores que dieron like desde casa y personas que, aunque no estaban de acuerdo, “pensaron en ella”, lo cual también fue contabilizado como apoyo indirecto.

El altavoz fue apagado solemnemente y guardado con cuidado, no sin antes emitir un último pitido que algunas asistentes describieron como “simbólico”.

Conclusión

La manifestación de Sarah Santaolalla pasará a la historia no por su tamaño, sino por su concepto: una protesta íntima, amplificada innecesariamente y profundamente segura de sí misma. Un acto que demuestra que, en la era de la hipercomunicación, a veces basta con hablarle muy alto a muy poca gente para sentirse escuchada por todo el mundo.

Y, según confirman fuentes cercanas, para la próxima convocatoria se está valorando directamente el uso de un megáfono industrial o un sistema de sonido de estadio, “por si acaso”.

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