Caracas / Washington / Redacción ASDF — Contra todo pronóstico, con fuegos artificiales retóricos y una coreografía diplomática que nadie había ensayado, el expresidente de Estados Unidos Donald J. Trump ha logrado lo que durante años pareció imposible: que el régimen chavista venezolano anuncie la liberación de un grupo significativo de presos políticos. El comunicado, leído con voz monocorde y sin admitir preguntas, ha sido calificado por analistas internacionales como “una derrota estratégica presentada como gesto humanitario” y, por simpatizantes del trumpismo, como “la mayor victoria democrática desde que alguien gritó ‘libertad’ mirando a una cámara”.

La noticia cayó como una granada de confeti en las cancillerías del mundo. En Bruselas se brindó con café recalentado; en Washington se desempolvaron viejas gorras; y en Caracas se activó el protocolo habitual: negar durante veinte minutos la existencia de presos políticos, admitir luego que “algunos ciudadanos estaban indebidamente alojados” y, finalmente, anunciar su liberación “por razones de paz y amor bolivariano”. Todo ello, eso sí, sin mencionar a Trump. Mencionar a Trump es, como se sabe, un deporte de riesgo.

Según fuentes cercanas al proceso —es decir, gente que conoce a alguien que leyó algo en un chat— la negociación se fraguó a base de mensajes cortos, mayúsculas estratégicas y silencios prolongados. Trump habría aplicado su método preferido: presión pública, amenazas vagas y la promesa implícita de que, si algo salía mal, escribiría un libro. “Cuando alguien te amenaza con escribir un libro, escuchas”, explica un diplomático europeo que pidió anonimato porque no quería que le preguntaran nada más.

El anuncio oficial del régimen llegó envuelto en un lenguaje cuidadosamente ambiguo. No se habló de “presos políticos”, sino de “personas privadas de libertad por circunstancias complejas”. No se habló de “liberación”, sino de “cambio de estatus carcelario con orientación a la calle”. Y no se habló de “Trump”, sino de “factores externos de diversa índole”. Aun así, el mensaje era claro: alguien había cedido, y ese alguien no llevaba corbata roja.

Desde la oposición venezolana, la reacción fue una mezcla de alivio y escepticismo profesional. “Celebramos cualquier liberación, pero estaremos vigilantes”, declaró un portavoz mientras miraba tres pantallas a la vez. Familias de los presos liberados hablaron de “esperanza cauta”, “alegría contenida” y “ganas de abrazar sin hashtags”. En redes sociales, la emoción se mezcló con la costumbre: vídeos llorando, fotos borrosas y discusiones eternas sobre quién se atribuye el mérito.

Trump, por su parte, no tardó en reaccionar. En un mensaje publicado a una hora indescifrable, se atribuyó el logro con su habitual modestia: “NADIE lo había conseguido antes. Yo sí. GRAN victoria para la DEMOCRACIA. ¡De nada!”. El mensaje fue seguido de otro en el que agradecía a “la gente estupenda” que había creído en él y de un tercero en el que recordaba, sin venir a cuento, que sus campos de golf siguen siendo “los mejores del mundo libre”.

La comunidad internacional, siempre lista para aplaudir sin comprometerse demasiado, emitió comunicados en cascada. La ONU celebró el paso “en la dirección correcta”, una frase que lleva usando desde 1998. La Unión Europea habló de “avances significativos” y anunció una reunión para evaluar si esos avances son lo bastante avanzados como para seguir avanzando. Países latinoamericanos, por su parte, optaron por el silencio estratégico, una técnica que consiste en no decir nada mientras se redacta algo que tampoco dirá mucho.

Pero ¿qué hay realmente detrás de esta supuesta victoria? Expertos consultados por Diario ASDF coinciden en que el régimen necesitaba oxígeno político y Trump necesitaba un titular. “Es una simbiosis extraña, pero efectiva”, resume una politóloga con café frío. “Uno libera presos para ganar tiempo; el otro gana tiempo para liberar titulares”. La democracia internacional, mientras tanto, celebra con una sonrisa prudente y un ojo puesto en la letra pequeña.

Porque la letra pequeña existe. Las liberaciones, según se ha filtrado, serán escalonadas, revisables y sujetas a “buen comportamiento narrativo”. Algunos presos saldrán con medidas cautelares, otros con prohibición de hablar, y todos con la recomendación tácita de no tuitear demasiado fuerte. “Es una libertad con asterisco”, explica un jurista. “Libertad, sí, pero sin mayúsculas”.

Aun así, el impacto simbólico es innegable. Durante años, el chavismo había convertido la existencia de presos políticos en un debate semántico. Ahora, al liberarlos, admite implícitamente aquello que negaba explícitamente. Es una pirueta lógica digna de manual. “No existen, pero los soltamos”, vendría a ser el resumen. La comunidad internacional, encantada con cualquier gesto que no implique sanciones nuevas, ha decidido aplaudir la pirueta y pedir otra.

En Caracas, la noticia se vivió con una mezcla de incredulidad y costumbre. “Hasta que no los vea, no me lo creo”, decía un vecino mientras veía la televisión. “Y cuando los vea, tampoco”. En los barrios, el tema se mezcló con lo de siempre: el precio del pan, la falta de gasolina y el debate eterno sobre si esta vez sí o esta vez tampoco. La esperanza, como el agua, llega a ratos.

Trump, mientras tanto, ha elevado el tono. Sus aliados hablan ya de “doctrina Trump para la libertad global”, un concepto flexible que cabe en una gorra. Sus detractores minimizan el logro y recuerdan que las democracias no se construyen a base de tuits. Ambos bandos coinciden en algo raro: el resultado importa. Y el resultado, al menos hoy, es que hay personas que salen de prisión.

Queda por ver qué pasará mañana. Si las liberaciones se completan, si habrá nuevas detenciones compensatorias, si el régimen presentará el gesto como una prueba de su magnanimidad infinita o si Trump reclamará una estatua de tamaño discutible. La historia reciente aconseja prudencia. Pero también recuerda que, a veces, las grietas aparecen donde menos se esperan.

Desde Diario ASDF, observamos el acontecimiento con nuestro habitual rigor absurdo. Celebramos cada puerta que se abre, aunque sepamos que algunas chirrían. Aplaudimos la victoria, aunque sea provisional y venga con nota al pie. Y tomamos nota de una lección incómoda: en la política internacional, incluso los métodos más ruidosos pueden producir silencios valiosos, como el de una celda que se queda vacía.

Hoy, el mundo se permite un titular optimista. Mañana, volverá la letra pequeña. Pero por una vez, y sin que sirva de precedente, la democracia internacional puede decir que ha ganado un asalto. Aunque sea por puntos, aunque el árbitro mire para otro lado, y aunque el campeón levante el brazo antes de tiempo. En este ring, cualquier paso atrás del autoritarismo cuenta como avance. Y hoy, contra todo pronóstico, alguien ha dado ese paso.

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