
Resolución de problemas con 0 neuronas ¬ Por Lady Cogollos.
¡Ay, queridísimos y sufridos lectores del Diario ASDF!
Aquí Lady Cogollos, ya instalada en su cátedra particular, con las gafas bien puestas, los guantes ajustados. Me sirvo un JB con agua —porque hay noches que lo piden sin discusión— y me dispongo a asistir a uno de esos espectáculos que Twitter organiza con la precisión de un reloj suizo y la inteligencia de un bot mal programado.
La escena es sencilla. Tan sencilla que casi da pudor describirla. Una niña resuelve un problema de primaria: un libro tiene 140 hojas, se rompen 60 páginas, ¿Cuántas hojas quedan? La niña responde 110. Bien.
Correcto. Fin.
Pero no.
Porque esto es Twitter, y aquí nada muere cuando debería.
Lo que en cualquier cabeza despejada dura lo mismo que una resta, aquí se convierte en una competición abierta para ver quién se equivoca con más seguridad. Empiezan los del 140, con esa serenidad del que no ha entendido absolutamente nada pero siente que no es momento de flaquear. Les siguen los del 80, convencidos de haber descubierto una trampa matemática que la niña, el profesor y probablemente la UNESCO han pasado por alto. Luego llegan los expertos en encuadernación, que explican que todo depende del tipo de libro, del lomo, del papel y de la alineación de Saturno con la imprenta.
Y ahí es cuando yo sonrío, sé que lo mejor está a punto de empezar.
El insulto.
Ese momento en el que alguien decide que defender una resta mal hecha merece llamar imbécil a otro ser humano con una intensidad que no aplica ni a sus propias decisiones vitales. Ahí es donde Twitter se convierte en lo que realmente es: una feria ambulante de egos mal colocados, donde cada uno defiende su error como si fuese una herencia familiar.
Uno dice: “Si se rompen 60 páginas, también se rompen 60 hojas. No me rompan las pelotas.” Y una no puede evitar admirar la pureza del gesto. No ha entendido nada, pero ha decidido que el problema es el mundo. Otro, con doble titulación —o eso afirma entre dos insultos—, reconoce que el ejercicio le resulta complicado. Y ahí es donde el espectáculo deja de ser gracioso para volverse delicioso, porque ya no estás viendo un fallo, estás viendo una personalidad.
Twitter no falla en el cálculo. Twitter falla en el ego.
A partir de ahí, todo fluye como debe. Hilos eternos intentando justificar lo injustificable, gráficos que no explican nada pero ocupan espacio, y una cantidad indecente de adultos peleando por no parecer menos listos que una niña de primaria. Hay quien convierte su error en teoría, quien eleva su torpeza a discurso y quien, en un alarde de coherencia interna, decide que la respuesta correcta es la equivocada porque, total, ya está metido en el barro hasta las rodillas.
Y mientras ellos discuten, yo observo.
Apoyo el vaso con calma. Me recoloco las gafas. Y miro.
No con sorpresa, porque esto es rutina. Con cierto cariño, incluso, porque hay algo profundamente humano en ver a alguien equivocarse con tanta entrega. Pero sobre todo con esa tranquilidad que da entender que esto no va de matemáticas.
Nunca ha ido de matemáticas.
Va de gente que no soporta quedar como idiota… ni siquiera cuando ya lo ha conseguido.
Y ahí, queridos lectores, no hay operación que lo arregle.
El que se sienta aludido… que se revise.
O mejor: que vuelva a primaria.
Otros seguimos contando la vida real.
Lady Cogollos / Lady Querellas
Columnista en Diario ASDF
Pedagogía legal, estética y moral.
Bailarina. No bebo (salvo excepciones).
No insulto: describo.
Si te ves reflejada… escucha Canción de la Resta (con frutas)