Madrid, 16 de marzo de 2026 – Un grupo creciente de creadores de contenido digital dedicados al formato de entrevistas callejeras ha elevado una denuncia formal ante diversas asociaciones de prensa y plataformas de vídeo por haber sido expulsados de manera violenta de varias concentraciones y manifestaciones convocadas por colectivos con los que, según ellos mismos aseguran, comparten ideología y valores fundamentales. Los afectados coinciden en relatar episodios en los que, tras identificarse como aliados históricos del movimiento, recibieron como respuesta gritos de rechazo y empujones, acompañados de la frase que ya se ha convertido en símbolo del desencuentro: “¡Que soy compañero, coño!”.

El grito que resume la crisis de confianza interna

Lo que comenzó como incidentes aislados en protestas por derechos laborales, vivienda digna y críticas al modelo económico actual se ha convertido en un patrón preocupante. Creadores con cientos de miles de suscriptores, conocidos por sus vídeos en los que preguntan a viandantes sobre temas de justicia social, desigualdad o políticas públicas, aseguran haber sido tratados como intrusos o incluso como amenazas infiltradas en espacios que consideran suyos. Fuentes del sector estiman que, solo en los últimos seis meses, al menos dieciocho youtubers de este nicho han sufrido expulsiones físicas o verbales en al menos treinta y cuatro manifestaciones diferentes en ciudades como Madrid, Barcelona, Valencia y Sevilla.

La frase “¡Que soy compañero, coño!”, pronunciada con tono de incredulidad y frustración por los manifestantes, ha pasado a formar parte del folclore digital del fenómeno. Según los denunciantes, refleja una desconfianza profunda hacia cualquiera que porte una cámara, incluso cuando esa cámara ha servido históricamente para amplificar sus mismas demandas.

Contexto: cuando el aliado se convierte en sospechoso

El auge de las entrevistas callejeras en español ha coincidido con una década de movilizaciones sociales intensas. Canales que suman millones de visualizaciones mensuales han documentado desde las protestas por el clima hasta las concentraciones contra la precariedad laboral o las marchas por la defensa de servicios públicos. Muchos de estos creadores se han presentado siempre como parte del pueblo, con vídeos titulados “¿Qué piensa la calle de la reforma laboral?” o “La gente de verdad habla sobre el alquiler”.

Sin embargo, la irrupción masiva de smartphones profesionales, drones de grabación y equipos de sonido direccional ha generado una reacción inesperada. Lo que antes era visto como visibilización ahora se interpreta en algunos círculos como espectacularización o, peor aún, como estrategia de posicionamiento personal a costa del movimiento colectivo.

Expertos consultados por este diario, pertenecientes al Observatorio de Comunicación Popular de la Universidad Complutense de Madrid –una institución con más de noventa años de tradición en el estudio de los medios alternativos–, coinciden en que se trata de un punto de inflexión histórico. “Estamos ante el primer gran choque entre la cultura de la viralidad individual y la lógica asamblearia tradicional”, explica la doctora Carmen Ruiz-Herrera, catedrática emérita de Sociología de la Comunicación. “El youtuber llega convencido de que su cámara es un megáfono al servicio de la causa, pero la multitud ve un dispositivo de extracción de valor simbólico”.

Reacciones institucionales y del sector

La Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE) ha emitido un comunicado en el que expresa su “profunda preocupación” por la seguridad de los creadores de contenido en espacios públicos. “La libertad de informar no puede estar condicionada a la afinidad ideológica”, señala el texto, que exige a las organizaciones convocantes de manifestaciones que establezcan protocolos claros para la presencia de medios independientes.

Por su parte, la Plataforma de Creadores de Contenido Digital (PCCE) –que agrupa a más de 4.200 youtubers y tiktokers españoles– ha anunciado la creación de un fondo de asistencia legal exclusivo para casos de expulsión o agresión durante el ejercicio de su labor. “No vamos a permitir que se criminalice el periodismo de calle solo porque no llevemos acreditación de un medio tradicional”, ha declarado su presidente, Raúl Mendoza.

Desde el lado de los movimientos sociales, las reacciones son más divididas. Algunas asambleas han aprobado resoluciones internas que prohíben expresamente la grabación con fines comerciales sin consentimiento previo de la organización. Otras, en cambio, han emitido comunicados reconociendo que “la frase ‘que soy compañero’ no debería servir de excusa para vulnerar derechos fundamentales”.

Declaraciones de los afectados

“Me empujaron tres veces y me gritaron que era un vendido. Yo solo quería preguntar qué opinaban de la última subida del SMI”, relata David ‘CallejeroTV’ Gómez, canal con 1,2 millones de suscriptores. “Llevo siete años grabando en manifestaciones de izquierda. Siempre he sido compañero. Pero ahora parece que la cámara me convierte en enemigo de clase”.

María López, conocida como ‘La Voz de la Calle’ (890.000 suscriptores), narra un episodio en Barcelona: “Me rodearon veinte personas gritando ‘¡fuera cámaras!’. Yo les dije: ‘¡Que soy compañera, coño!’. Me respondieron: ‘Compañera sería si no monetizaras nuestras luchas’. Me tuve que ir escoltada por los Mossos porque temían que escalara”.

Un creador anónimo de Valencia, que prefiere no dar su nombre por miedo a represalias en su comunidad, asegura: “Grabé durante cuatro horas una manifestación contra los desahucios. Al final me expulsaron porque alguien dijo que mi canal ‘hacía turismo de la pobreza’. Llevo once años defendiendo estas causas en vídeo. Duele”.

Análisis: un antes y un después en la relación entre movimientos y medios alternativos

Diversos analistas consultados coinciden en que el fenómeno podría marcar un antes y un después comparable al que supuso la irrupción de la televisión en las manifestaciones de mayo del 68 o la llegada de las redes sociales a la Primavera Árabe. “Estamos asistiendo a la crisis de legitimidad del youtuber como actor político”, afirma el profesor Jorge Mendoza, del Instituto de Estudios Mediáticos Avanzados de la Universidad de Salamanca. “Durante años se les permitió ocupar el espacio de los medios tradicionales. Ahora el movimiento les dice: ‘Gracias por la difusión, pero ya no os necesitamos’”.

Las consecuencias podrían ser históricas. Si la tendencia se consolida, los movimientos sociales podrían desarrollar sus propios canales de distribución interna, reduciendo la dependencia de plataformas como YouTube o TikTok. Al mismo tiempo, los creadores podrían radicalizar su discurso para recuperar la confianza perdida o, por el contrario, virar hacia temáticas menos conflictivas para evitar confrontaciones.

Comparado con hitos como la expulsión de reporteros gráficos durante el 15-M o el veto a ciertos medios en protestas ecologistas de los años 90, este episodio representa un cambio de paradigma: ya no son los grandes medios los expulsados, sino los medios del pueblo que se creían inmunes.

Cierre: la incertidumbre que se instala en las plazas

Nadie sabe aún si la frase “¡Que soy compañero, coño!” pasará a la historia como un grito de autodefensa colectiva o como el epitafio de una época en la que la cámara era bienvenida en cualquier lucha. Lo que sí parece claro es que la relación entre los que graban y los que son grabados ha entrado en una fase de tensión irreversible.

Mientras tanto, las manifestaciones continúan. Las cámaras también. Y entre ambas, una pregunta que nadie se atreve a responder del todo: ¿puede seguir existiendo el periodismo de calle cuando la calle ya no confía en quien la graba?

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