Redacción Diario ASDF | Política, Democracia Selectiva y Otras Ficcciones

España vuelve a amanecer con una de esas polémicas que ya forman parte del paisaje habitual del debate público nacional: la izquierda mediática señalando, etiquetando y demonizando a colectivos enteros, siempre que estos no encajen correctamente en el catálogo ideológico aprobado por la semana. En esta ocasión, el foco no se ha puesto en los habituales sospechosos —taxistas, ganaderos, pequeños empresarios o señoras que aplauden desde el balcón— sino en un grupo que, hasta hace no mucho, gozaba de cierta simpatía progresista: los venezolanos que huyeron de Venezuela.

El detonante ha sido un artículo firmado por Antonio Maestre, publicado en un medio de amplia difusión, en el que se refiere a parte de la comunidad venezolana en España como una “gusanera fascista”. Una expresión que, según diversas fuentes, no fue precedida por una reflexión semántica profunda, pero sí por una convicción ideológica muy sólida: si no votan como yo, algo malo les habrá pasado… o algo malo serán.

Huir mal: el pecado original del exiliado incorrecto

Durante años, el relato fue claro y relativamente sencillo. Venezuela era un país en dificultades, víctima de bloqueos, errores, conspiraciones y de una inflación creativa que rompía todos los récords conocidos. Quienes huían lo hacían, según el guion oficial, por culpa de la derecha internacional, del imperio y, por supuesto, de Elon Musk, aunque todavía no se supiera muy bien por qué.

Pero algo empezó a torcerse cuando muchos de esos venezolanos, una vez en España, cometieron un error imperdonable: hablar. Y no solo hablar, sino opinar. Y no solo opinar, sino hacerlo sin pedir permiso previo a la izquierda española.

Peor aún: algunos se atrevieron a criticar al socialismo. Al socialismo real. Al que habían vivido. Al que no venía en los libros ni en los documentales con música triste y voz en off francesa. Y ahí se rompió el hechizo.

Antonio Maestre y el redescubrimiento del insulto útil

En este contexto aparece Antonio Maestre, analista, opinador y vigilante avanzado de la pureza ideológica ajena. En su artículo, Maestre decide abandonar cualquier tipo de matiz y llamar directamente “gusanos fascistas” a venezolanos que residen en España, muchos de ellos refugiados, exiliados o emigrantes económicos que escaparon de un país donde disentir del poder no es precisamente una actividad recreativa.

La elección del término “gusanos” no es casual. Es una palabra con historia. En otros contextos, deshumanizar colectivos enteros usando términos animales suele considerarse algo feo, peligroso y propio de épocas que acaban mal. Pero aquí, al parecer, todo depende del carnet ideológico del que huye y del que insulta.

Según el razonamiento implícito, huir de Venezuela no es el problema. El problema es huir mal. Es decir, huir y luego no agradecer lo suficiente al socialismo internacional. Huir y luego no callarse. Huir y, encima, votar o pensar de forma incorrecta.

El maravilloso país socialista del que nadie debería escapar

El artículo de Maestre parte de una premisa implícita que merece ser analizada con detenimiento: Venezuela sigue siendo, en el imaginario de cierta izquierda española, un país socialista maravilloso que ha tenido pequeños problemas técnicos, como la escasez de alimentos, la hiperinflación, el colapso de servicios básicos y la persecución política.

Problemas menores, en definitiva. Nada que no se arregle con más socialismo, más propaganda y menos gente incómoda.

Desde esta perspectiva, quien huye de Venezuela no es una víctima, sino un traidor al relato. Un desertor del experimento. Un ingrato que, en lugar de dejarse exterminar, encarcelar o empobrecer en silencio, decide marcharse y contarlo.

Y eso, para algunos, es imperdonable.

La nueva jerarquía del inmigrante bueno y el inmigrante sospechoso

Hasta ahora, el discurso era sencillo: el inmigrante es bueno por definición. Pero como toda norma ideológica, esta también ha empezado a llenarse de excepciones.

El inmigrante bueno es el que llega, trabaja, no opina y vota correctamente (o no vota, que también ayuda). El inmigrante sospechoso es el que trae una experiencia vital que contradice los dogmas progresistas y se empeña en explicarla con detalle.

El venezolano que huye del chavismo y luego critica al chavismo se convierte, automáticamente, en un problema discursivo. Ya no es un refugiado, sino un agente reaccionario. Ya no es un perseguido, sino un “gusano”. Ya no es una persona, sino un concepto útil al que se puede atacar sin remordimientos.

Cuando el odio es pedagógico

Uno de los aspectos más llamativos del texto de Maestre es la naturalidad con la que se asume que insultar colectivamente a un grupo es una forma legítima de análisis político. No hay datos, no hay distinciones, no hay porcentajes. Hay una etiqueta, y con ella basta.

El mensaje es claro: si eres venezolano, estás en España y no te alineas con la izquierda, algo falla en ti. Y ese fallo no merece comprensión, sino desprecio público.

Curiosamente, este tipo de discurso suele venir acompañado de lecciones morales sobre el respeto, la diversidad y la convivencia. Pero, como ya es tradición, estos valores funcionan en régimen de horario reducido y con excepciones muy bien delimitadas.

España, refugio… pero no demasiado cómodo

España ha sido durante años uno de los principales destinos de venezolanos que escapaban de su país. Muchos llegaron con lo puesto, otros con ahorros, otros con títulos universitarios que aquí descubrieron que no servían para nada. Trabajaron, montaron negocios, pagaron impuestos y reconstruyeron su vida.

Pero parece que ahora se les exige algo más: silencio ideológico. Gratitud eterna. Y, sobre todo, una reinterpretación constante de su propia experiencia para no incomodar a la izquierda española.

Si dicen que Venezuela es una dictadura, exageran.
Si dicen que el socialismo fracasó, mienten.
Si dicen que pasaron hambre, son manipulados.
Si protestan, son fascistas.

El antifascismo que siempre apunta en la misma dirección

Resulta especialmente irónico que quienes se presentan como adalides del antifascismo utilicen un lenguaje que recuerda peligrosamente a los manuales clásicos de deshumanización política.

Pero no es una contradicción real. Es una tradición. El antifascismo contemporáneo no consiste en defender libertades, sino en señalar enemigos. Y esos enemigos cambian según convenga.

Hoy puede ser un agricultor. Mañana un juez. Pasado mañana, un venezolano que tuvo la osadía de sobrevivir y contarlo.

Diario ASDF y la pregunta incómoda

Desde el Diario ASDF nos hacemos una pregunta sencilla, casi infantil, pero necesaria:
¿En qué momento huir de un régimen autoritario pasó a ser un indicio de fascismo?

¿En qué punto el testimonio personal dejó de tener valor si no coincidía con el relato oficial?
¿Y cuándo exactamente se decidió que llamar “gusanos” a personas era aceptable si lo hacía alguien con el micrófono adecuado?

Conclusión: la solidaridad con condiciones

La izquierda española sigue proclamando su compromiso con los derechos humanos, el asilo y la diversidad. Pero cada día queda más claro que esa solidaridad tiene letra pequeña.

Se puede huir.
Se puede pedir ayuda.
Se puede ser acogido.

Pero no se puede discrepar.

Porque si discrepas, si cuentas lo que viviste, si te niegas a idealizar el país del que escapaste, entonces ya no eres una víctima. Eres un problema. Y como todo problema ideológico, mereces ser señalado, ridiculizado y reducido a una palabra desagradable.

“Gusano”, por ejemplo.

Y así, mientras se siguen dando lecciones de humanidad desde cómodos estudios y columnas de opinión, miles de venezolanos descubren que lo único peor que vivir en una dictadura socialista… es sobrevivir a ella y no pedir perdón por hacerlo.

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