Editorial especial de Navidad
El Diario ASDF quiere aprovechar estas fechas tan señaladas, tan entrañables y tan proclives al empacho emocional y físico, para desear a todos sus lectores una muy feliz Navidad. Una Navidad tranquila, reposada, con la calefacción a una temperatura razonable, con discusiones familiares que no pasen del clásico “antes esto no pasaba” y, sobre todo, con un consumo responsable de marisco, en especial de los langostinos, ese alimento festivo que cada año se cobra víctimas silenciosas en forma de atragantamientos, miradas de pánico y palmadas en la espalda dadas sin ningún conocimiento médico.
Desde esta humilde redacción, que hoy huele ligeramente a polvorón rancio y a café recalentado, queremos lanzar un mensaje claro y contundente: disfruten, celebren, coman, pero mastiquen. Mastiquen despacio. Mastiquen como si su vida dependiera de ello. Porque, efectivamente, en algunos casos depende.
Una Navidad como Dios manda (o como el convenio colectivo permite)
La Navidad es ese momento del año en el que todo parece detenerse, salvo la inflación, los informativos y las colas en los supermercados. Es una época pensada para el reencuentro, para el abrazo incómodo del cuñado, para la pregunta incómoda de la tía sobre cuándo vas a sentar cabeza y para el silencio incómodo posterior cuando respondes “estoy bien así”.
También es el momento en el que, tradicionalmente, la mesa se llena de platos que no volveremos a ver hasta el año siguiente: cordero, besugo, turrón duro como un adoquín municipal y, por supuesto, langostinos. Muchos langostinos. O al menos esa era la idea original.
Porque este año, según fuentes no contrastadas pero muy convencidas de sí mismas, una parte significativa de los langostinos previstos para las cenas navideñas ha desaparecido misteriosamente del circuito habitual. Algunos hablan de retrasos logísticos. Otros de mareas adversas. Y otros, los más informados, señalan directamente a los sindicalistas, esos seres mitológicos capaces de paralizar puertos, carreteras y, llegado el caso, la bandeja de marisco de tu mesa.
El langostino como símbolo de la Navidad moderna
No se puede entender la Navidad contemporánea sin el langostino. Es el tótem. El fetiche. El elemento que justifica que alguien se gaste medio sueldo en el supermercado mientras murmura “es una vez al año”. El langostino es postureo, es tradición y es riesgo. Riesgo para el bolsillo y para el esófago.
Expertos consultados por el Diario ASDF (concretamente, un señor que estaba comiendo un bocadillo en la puerta de un ambulatorio) aseguran que el 87% de los atragantamientos navideños están relacionados con prisas, conversaciones políticas encendidas y langostinos mal masticados. El otro 13% corresponde a uvas mal contadas en Nochevieja, pero eso es otro tema.
Por eso, desde este medio queremos insistir: si este año ha conseguido usted hacerse con langostinos, ya sea por compra legal, por herencia inesperada o por intercambio en un mercado paralelo de confianza, no los devore como si el mundo se acabara mañana. Pélelos con calma. Retire la cabeza si no es usted de los valientes. Mastique. Respire. Viva.
A los que sí tienen langostinos
A ustedes, privilegiados, afortunados, tocados por la gracia del crustáceo, les pedimos responsabilidad. No hace falta apilarlos en el plato como si estuvieran construyendo una pirámide funeraria. No hace falta competir con el primo a ver quién se come más. No hace falta demostrar nada.
Recuerden que la Navidad no va de cantidad, sino de calidad. De saborear. De comentar lo caros que están mientras se comen otro más. De decir “este es el último” y luego coger dos más por si acaso.
Y, sobre todo, recuerden que el langostino no muerde, pero tampoco perdona.
A los que no tienen langostinos (por culpa de los sindicalistas o del destino)
A ustedes, que miran la mesa con una mezcla de resignación y dignidad, que han tenido que sustituir el marisco por una bandeja de fiambre “bien apañada”, queremos enviarles un mensaje de apoyo. La Navidad no se mide en gramos de langostino. Se mide en capacidad de adaptación y en habilidad para fingir que no pasa nada.
No pasa nada si este año no hay langostinos. Se puede celebrar igual. Se puede brindar igual. Se puede discutir igual. Incluso se puede atragantar uno con un trozo de pan mal masticado, porque la Navidad siempre encuentra la manera.
Además, no olvidemos que la ausencia de langostinos reduce considerablemente el riesgo de acabar la noche con un familiar practicando la maniobra de Heimlich sin saber muy bien cómo.
La redacción del Diario ASDF también celebra
En esta casa, la Navidad se vive con intensidad profesional. Aquí también hay villancicos desafinados, debates sobre si el roscón lleva nata o no y discusiones internas sobre si un titular navideño debe llevar comillas irónicas o no.
Nuestros redactores, correctores y becarios (estos últimos solo en espíritu) se unen al deseo colectivo de paz, prosperidad y digestiones tranquilas. Porque sabemos que detrás de cada lector hay una mesa, detrás de cada mesa hay un plato sospechoso y detrás de cada plato sospechoso hay una posibilidad real de arrepentimiento.
Un mensaje final, serio pero no mucho
La Navidad es para disfrutarla. Para bajar un poco el ritmo. Para desconectar de la actualidad, salvo cuando no se puede. Para leer el Diario ASDF con una copa en la mano y una sonrisa torcida.
Por eso, queridos lectores, coman lo que tengan. Brinden con lo que puedan. Ríanse de lo que toque. Y, si este año los sindicalistas se han llevado sus langostinos, recuerden que siempre quedará el recuerdo de otros años y la esperanza de que el próximo haya revancha.
Y si, pese a todas las advertencias, decide usted lanzarse a por el último langostino como si fuera el último helicóptero de Saigón, hágalo con dignidad, con calma y con alguien cerca que sepa dar palmadas en la espalda.
Desde el Diario ASDF les deseamos una muy feliz Navidad. Y, por favor, no se atraganten. Nos vemos al otro lado de las fiestas.
