Edición práctica para intimidar sin leer autos Redacción ASDF | Política, Sociedad, RRSS.

Ganar un procedimiento penal en Twitter no requiere conocimientos jurídicos, ni comprender cómo funciona el proceso penal, ni distinguir entre una acusación particular y la actuación del Ministerio Fiscal. Basta con voluntad narrativa, una factura propia bien fotografiada y la capacidad de transformar conjeturas en amenazas económicas suficientemente alarmantes. Este manual recoge los pasos esenciales para triunfar en ese ecosistema paralelo donde la justicia se mide en retuits y la contabilidad sustituye al Derecho.

Primer paso: anunciar solemnemente que no se va a decir nada más.
Es importante comunicar que no se dirá nada, salvo que se viajará de una ciudad a otra para “acompañar a la vista”, que posteriormente se iniciarán acciones legales que correspondan y que las diligencias “ya se tienen”. Este silencio muy hablado genera autoridad y prepara el terreno para el relato épico posterior.

Segundo paso: confundir la ausencia de acusación particular con la inexistencia de acusación.
Si no hay acusación particular personada, puede afirmarse sin problema que “no hay acusación”, aunque el procedimiento esté impulsado por el Ministerio Fiscal actuando de oficio. Este matiz técnico no debe interferir en el relato, ya que la Fiscalía, en Twitter, funciona mejor como concepto abstracto que como parte procesal real.

— Tercer paso: exhibir una factura propia como amenaza simbólica.
La publicación de una minuta de honorarios ya abonada es esencial. No importa que refleje únicamente el gasto del propio interesado; debe presentarse como un anticipo de la ruina ajena. La factura no acredita nada relevante en términos procesales, pero cumple una función clave: demostrar disposición al conflicto económico.

Cuarto paso: realizar cálculos exhaustivos del dinero que se gastará la parte contraria, aunque no esté personada.
Este es el núcleo del método. Resulta imprescindible calcular públicamente lo que la parte “demandante” se verá obligada a pagar, incluso cuando no tenga abogado, no esté personada en la causa y no exista condena alguna.
Los cálculos recomendados suelen incluir:
— 7.000 € en abogados todavía inexistentes.
— Costas no impuestas.
— Indemnizaciones no solicitadas ni cuantificadas.
— Total aproximado: 60.000 €, cifra redonda, intimidatoria y carente de base jurídica concreta.
La exactitud no es relevante; lo importante es que el número sea lo suficientemente alto como para generar miedo y sostener el relato de castigo inevitable.

Quinto paso: añadir el recurso como elemento dramático.
Toda narrativa necesita épica. Para ello, conviene introducir la existencia de un recurso contra el auto judicial, presentado no tanto por su eficacia procesal como por su valor simbólico.
— Recurso interpuesto para ganar tiempo y relato.
Importe orientativo: entre 800,00 € y 1.500,00 € (según épica).
El objetivo no es explicar el recurso, sino utilizarlo como refuerzo del mensaje intimidatorio.

Sexto paso: burlarse de que la otra parte no tenga abogado.
Resulta aconsejable ridiculizar públicamente la ausencia de representación letrada de la otra parte, sin tener en cuenta que cuando actúa la Fiscalía no existe una carrera de gastos paralela ni una obligación inmediata de personación. Este detalle jurídico puede omitirse porque debilita la narrativa.
Es algo que cualquier abogado confirmaría.

Séptimo paso: negar la autoría de las propias cuentas.
Aunque las cuentas estén certificadas, investigadas por D.T. , activas y respondan entre sí, siempre es útil sostener que no son propias. Esta negación permite atribuir cualquier conducta incómoda a una nebulosa indeterminada sin responsable claro, incluso cuando la cuenta continúa utilizándose de forma regular para emitir mensajes intimidatorios dirigidos a la persona denunciante. La contradicción no debilita el método, sino que lo refuerza, ya que la negación pública y el uso constante pueden convivir sin problema dentro del relato.

Octavo paso: ejecutar todo lo anterior bajo una inspiración desmedida.
Para maximizar el efecto del manual, resulta aconsejable llevar a cabo los cálculos, amenazas y proclamaciones tras una adecuada cogorza o subidón de confianza. Este estado facilita la producción de mensajes grandilocuentes, cifras infladas y conclusiones jurídicas espontáneas que, vistas desde fuera, provocan la hilaridad inmediata de cualquier abogado que ejerza fuera de Twitter. La falta de contención no es un error, sino una parte esencial del método.

Paso avanzado: acusar de delito mientras se presume de haber hecho lo mismo.
En fases posteriores del procedimiento tuitero, puede afirmarse que la otra parte ha cometido un delito por haber compartido resoluciones judiciales con terceros, al tiempo que se explica con detalle haber visto, leído y cotejado recursos que, en teoría, solo podrían conocerse por la misma vía. Esta contradicción no debe preocupar, ya que en el relato la legitimidad depende de quién cuenta la historia, no de cómo se accede a los documentos.

Existe, además, una exigencia temporal que conviene no pasar por alto. El procedimiento penal en Twitter no admite festivos, ni Nochebuena, ni mañana de Navidad. El silencio de unas horas se interpreta inmediatamente como miedo, derrota o recepción masiva de burofaxes imaginarios. Si a las cuatro de la madrugada se deja de hablar del caso, a las ocho debe retomarse la vigilancia, y antes del mediodía conviene advertir que “hay demasiado silencio”. La posibilidad de que la gente esté durmiendo, comiendo con su familia, jugando con niños o, sencillamente, viviendo, no se contempla dentro del método. Para ganar la batalla en redes, es imprescindible dejar a un lado cualquier vida fuera de Twitter y mantener la atención constante sobre quienes no están escribiendo.

Porque mientras los procedimientos reales avanzan en silencio, lejos de hilos y facturas exhibidas, el procedimiento penal en Twitter exige presencia constante, amenazas periódicas y una fijación diaria con la persona denunciante. Mantener perfil bajo sirve en los juzgados; en redes, el éxito depende de no callarse nunca. Y aunque al final el Derecho siga su curso sin enterarse de nada, siempre quedará la épica tuitera, que es mucho más ruidosa y bastante más barata que la justicia real.

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