El afectado asegura que entró “solo a por una bombilla”, salió con una identidad nueva, tres plantas artificiales, dos albóndigas suecas en el bolsillo y una profunda desconfianza hacia las flechas del suelo.

Madrid. La normalidad de un sábado cualquiera se rompió este martes cuando los servicios de emergencia confirmaron el rescate de un hombre de 43 años que llevaba doce días perdido dentro de un Ikea. El suceso, que ya ha sido calificado por expertos como “previsible”, ha generado una mezcla de conmoción, ternura y resignación colectiva en un país que lleva décadas entrenándose para no salir jamás del pasillo de exposición.

El hombre, identificado como J.M.R., fue localizado en la sección de iluminación decorativa, deshidratado pero en buen estado de ánimo, abrazado a una lámpara de pie llamada VÄLKOMMEN-LJUS 3.0 y repitiendo la frase “si sigues las flechas, todo acaba teniendo sentido”. Según fuentes cercanas al rescate, el afectado había desarrollado un vínculo emocional con varios muebles, a los que se refería por su nombre comercial y trataba como compañeros de viaje.

“Entré a por una bombilla”

El relato comienza como empiezan todas las tragedias modernas: con una buena intención y una mala señalización. J.M.R. acudió al Ikea un viernes por la tarde “solo a por una bombilla”, según declaró a los medios mientras era envuelto en una manta térmica con estampado de madera clara. Lo que ocurrió después es confuso, aunque coincide con el patrón clásico del extravío sueco: una flecha, luego otra, después una cocina montada, y finalmente la aceptación.

“Vi un sofá que no necesitaba, luego una cocina que nunca tendré, y después ya no supe si era martes o domingo”, explicó el rescatado, con la serenidad de quien ha visto cosas que no se pueden desver. “Intenté volver atrás, pero el suelo me dijo que no”.

Doce días de supervivencia nórdica

Durante casi dos semanas, J.M.R. sobrevivió gracias a una combinación de ingenio, albóndigas, velas aromáticas y una fe inquebrantable en que el recorrido tiene un final. Según su testimonio, los primeros días intentó orientarse usando referencias clásicas como “baños”, “salida” o “cajas”. Sin embargo, pronto comprendió que esos conceptos pertenecen al mundo exterior y no aplican dentro del ecosistema Ikea.

“Al tercer día ya sabía montar una cama sin instrucciones, lo cual es una señal inequívoca de que estaba perdiendo el contacto con la realidad”, confesó. “Al quinto día dejé de intentar salir y me concentré en sobrevivir”.

Para hidratarse, utilizó el agua de muestra de los vasos de la sección de cocina, renovada periódicamente por empleados que no llegaron a percatarse de su presencia. Para alimentarse, racionó albóndigas del restaurante, al que accedía “siguiendo el olor” y evitando el contacto visual con familias enteras que parecían llevar allí desde 2014.

Una comunidad improvisada de muebles

Con el paso de los días, el hombre fue estableciendo una rutina. Dormía en diferentes camas para no encariñarse demasiado, hablaba con una cómoda llamada MALM “porque escucha sin juzgar” y había empezado a organizar debates internos con los maniquíes del área de dormitorios.

“Les preguntaba si creían que había una salida real o si todo esto era una metáfora”, explicó. “El maniquí de pijama azul siempre asentía”.

Los expertos en psicología ambiental señalan que este comportamiento es habitual en exposiciones prolongadas a catálogos tridimensionales. “El cerebro humano no está preparado para convivir tantos días con soluciones de almacenaje”, explicó un especialista consultado por Diario ASDF. “En algún momento, el individuo empieza a pensar en módulos”.

El rescate

El rescate se produjo de manera fortuita cuando un trabajador del turno de noche escuchó a alguien tararear música ambiental de Ikea en bucle, pero con letra improvisada. Siguiendo el sonido, encontraron a J.M.R. intentando convencer a una lámpara de que sí era necesaria.

“Al principio pensamos que era parte de una nueva campaña”, declaró el empleado. “Luego vimos que llevaba doce días con la misma camiseta y supimos que algo no iba bien”.

Los servicios de emergencia actuaron con rapidez y profesionalidad. Tras ofrecerle agua, una manta y un plano del establecimiento, procedieron a sacarlo por una puerta que nadie sabía que existía. Según fuentes oficiales, dicha puerta se abre únicamente cuando se pronuncia correctamente el nombre de un producto sin vocales.

Reacciones oficiales

Ikea España emitió un comunicado en el que lamenta lo ocurrido, aunque recuerda que “el recorrido está claramente señalizado” y que “la experiencia de compra es parte del valor del producto”. La empresa ha anunciado una investigación interna para determinar cómo un hombre pudo vivir casi dos semanas dentro del establecimiento sin comprar absolutamente nada.

“No es habitual”, señaló un portavoz. “Lo normal es que, como mínimo, salga con una vela y una bolsa azul”.

Desde el Ministerio del Interior se ha descartado regular el fenómeno por el momento, aunque se estudia la posibilidad de exigir un kit de supervivencia a la entrada de grandes superficies con flechas infinitas. “No podemos seguir mirando hacia otro lado”, afirmó una fuente ministerial. “Hoy ha sido Ikea, mañana puede ser una tienda de muebles cualquiera”.

El impacto social

El caso ha generado un intenso debate en redes sociales. Mientras algunos usuarios expresan su solidaridad, otros aseguran que doce días “no son para tanto” y que ellos llevan “años mentalmente dentro”. Hashtags como #TodosSomosJMR y #SalidaporCajas se han convertido en tendencia.

Asociaciones de consumidores han pedido más claridad en los recorridos y la instalación de zonas de orientación emocional, donde los clientes puedan sentarse, respirar y recordar por qué entraron. “No pedimos mucho”, señaló un representante. “Solo saber si estamos en la sección de baños o en una simulación”.

El regreso a casa

Tras ser dado de alta, J.M.R. regresó a su domicilio acompañado por familiares, que aseguran que no volvió igual. “Ahora coloca todo por colores y llama a los cajones ‘soluciones’”, explicó su pareja. “También intenta cobrarnos por desayunar”.

El afectado, por su parte, afirma estar bien y agradecido. “He aprendido mucho”, dijo. “Sobre mí, sobre los muebles, y sobre no seguir flechas sin cuestionarlas”.

Eso sí, reconoce que todavía tiene secuelas. “A veces cierro los ojos y veo cocinas blancas infinitas”, confesó. “Pero el médico dice que es normal”.

Un aviso para navegantes

El suceso ha servido como recordatorio de que nadie está a salvo. Todos hemos entrado alguna vez con un objetivo claro y hemos salido horas después, confundidos, con una planta artificial bajo el brazo y la sensación de haber vivido una pequeña odisea.

“Este hombre no es un héroe ni una víctima”, concluyen desde Diario ASDF. “Es simplemente uno de nosotros, que tardó doce días en hacer lo que la mayoría tarda tres horas: encontrar la salida”.

Ikea, por su parte, ha confirmado que el establecimiento continúa abierto con normalidad y que la lámpara VÄLKOMMEN-LJUS 3.0 ha sido retirada temporalmente del catálogo “por motivos emocionales”.

El hombre rescatado ha jurado no volver jamás. Aunque, según confesó al despedirse de los sanitarios, cree que dejó algo pendiente en la sección de alfombras.

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