
Carnavales de Cádiz (preliminares) – Por Lady Cogollos.
Llegar a Cádiz un sábado de preliminares no es llegar a cualquier sitio 🤣🤣🤣. Es entrar en una ciudad que cree, con una convicción admirable, que el mundo empieza y termina en su teatro, en sus coplas y en su manera particular de reír a gritos. Y no seré yo quien les quite esa ilusión. La fe local es algo muy respetable, aunque a veces roce lo místico.
Vengo de Andorra, sí. Me gusta decirlo porque el desplazamiento da jerarquía. Una no cruza medio mapa para mezclarse sin más. Una viene a observar, a ocupar asiento, a escuchar con distancia y a poner las cosas en su sitio, aunque el sitio sea ajeno y esté lleno de gente convencida de que lo suyo no admite revisión.
El Gran Teatro Falla hierve desde horas antes. Color por todas partes, exceso de pluma, lentejuela mal entendida y una confianza desbordada 🤣🤣🤣. Aquí todo el mundo va disfrazado, pero no todo el mundo sabe hacerlo. Yo he optado por algo sobrio dentro del exceso: motera, sí, pero motera con brilli-brilli, cuero bien cortado, líneas claras y actitud. Nada de fantasmas ni disfraces confusos. Motera de las que no piden permiso.
Me siento. Miro. Escucho. Cádiz habla alto, siempre. Opina alto, ríe alto y se celebra a sí misma con entusiasmo. Me resulta entrañable. La falta de silencio suele esconder la falta de análisis, pero eso no es culpa mía.
Empiezan las agrupaciones. Chirigotas, comparsas, coros. Mucha energía, mucho grito, mucho “esto es lo nuestro” 🤣🤣🤣. Yo atiendo. De verdad que atiendo. El nivel, siendo generosa, es aceptable. Hay ideas, hay ganas, pero también hay demasiada autocomplacencia. Mucho tipo trabajado y poca elegancia en el fondo. Se nota cuando el disfraz pesa más que la idea y cuando la risa tapa carencias.
En el descanso hago lo que toca. Salgo. Me compro mi botella de whisky, hielo aparte. Aquí la gente se compra la botellona y se la bebe en la calle, así que yo me adapto al entorno, que una también sabe integrarse 🤣🤣🤣. El agua la cojo de la fuente, como hacen los locales. No suelo beber, ya se sabe, soy bailarina y el cuerpo se cuida, pero hoy el día lo exige. El primero baja fácil. El segundo aclara ideas. El tercero ya pone a cada cual en su sitio.
Desde fuera se ve todo mejor. La gente pasa convencida de estar viviendo algo irrepetible. Me fijo en las mujeres que se miran seguras con tallas que no cuentan toda la historia 🤣🤣🤣. Ajustan el disfraz, sacan pecho, se creen el personaje. La seguridad mal colocada es uno de mis espectáculos favoritos. Yo las veo y sé exactamente qué prenda no deberían haberse puesto. No lo digo por maldad. Es pedagogía estética.
Vuelvo a entrar. Sigo escuchando. Aplaudo cuando toca, no por arrastre, sino por educación. Hay coplas que funcionan y otras que se sostienen únicamente por el ruido del público, que aquí es muy fiel y muy ruidoso. Eso también es un talento, aunque no siempre musical.
En algún momento, mientras suena una letra especialmente celebrada, pienso en él. No porque esté aquí —no lo está—, sino porque hay lugares que activan cosas sin pedir permiso. Cádiz tiene ese punto. No es nostalgia. Es otra cosa. Las cosas importantes no necesitan presencia para hacerse notar, y yo sé distinguir perfectamente cuándo una idea vuelve sola.
Sigo observando. Me fijo en las miradas que buscan aprobación y en las que fingen no mirar 🤣🤣🤣. En cómo algunos se esfuerzan demasiado por demostrar pertenencia. El carnaval tiene esa doble capa: lo que se canta y lo que se compite. Yo siempre he sido más de lo segundo, aunque no lo diga en voz alta.
La noche avanza. La botella ya no está tan llena. El teatro sigue creyéndose el centro del mundo y, durante unas horas, consigue parecerlo. Yo recojo, me coloco el casco bajo el brazo y salgo con calma. He visto suficiente. He escuchado suficiente. He juzgado lo necesario.
Cádiz seguirá cantando.
Yo seguiré mirando.
Y eso, al final, es lo que realmente importa.