
Moda.- Por Lady Cogollos.
Hay lugares a los que una no va a ver cosas. Va a ser vista 🤣🤣🤣. El Museo Guggenheim Bilbao es uno de ellos, aunque finja que no. Un edificio enorme, plateado, serio, pensado para que la gente mire hacia arriba… y, sin embargo, basta con entrar bien para que empiecen a mirarte a ti, que es cuando el edificio entiende su función, con esa cara de “¿y esta quién se cree que es?”, que es mi cara favorita.
Enero en Bilbao no perdona, y yo tampoco 🤣🤣🤣. Por eso no vale cualquier look. Aquí no sirve ir cómoda, ni práctica, ni invisible. Aquí hay que entrar como si el edificio tuviera ojos. Yo elegí guantes cortos negros, años 50, porque las manos hablan antes que la boca, y un brazalete rígido que no pide permiso a nadie.
Aquí se entra abrigada, con un abrigo que pese, que suene al moverse, que marque territorio. Botas que se oigan sobre el suelo, no para molestar, sino para anunciar presencia. Colores que rompan el gris del titanio, porque si el edificio es serio, alguien tiene que recordarle que el exceso también es arte. No se viene al Guggenheim a pasar desapercibida, se viene a dejar rastro. Quien no lo entiende, entra como visitante y sale igual de invisible.🤣🤣🤣🤣
El Guggenheim presume de arte contemporáneo, de exposiciones con nombre largo y conceptos profundos, pero también de algo mucho más importante: luz. Luz que cae sobre el suelo, sobre las paredes y, si una sabe colocarse, sobre el cuerpo. Por eso aquí no se viene monísima sin intención; aquí se viene con intención y con presencia, que es lo único que el titanio respeta 🤣🤣🤣.
Yo no entro a un museo para perderme entre obras. Entro para comprobar cómo reaccionan las obras a mi presencia 🤣🤣🤣. Y reaccionan, claro, porque hay piezas que llevan años siendo icónicas hasta que entra alguien que entiende el concepto de impacto visual sin necesidad de fingir profundidad.
Este invierno, por ejemplo, el museo acoge Artes de la Tierra, una exposición de esas que hablan de naturaleza, de ecología y de esa relación casi mística entre el arte y el planeta. Muy bonito todo. Muy necesario. Muy consciente. Hay nombres dentro —Mel Chin, Delcy Morelos, Sumayya Vally— que suenan a “esto lo han pensado mucho”, y yo lo respeto, porque yo también pienso mucho… aunque en cosas bastante más urgentes, como en cómo se giran las cabezas cuando paso 🤣🤣🤣.
Mientras leo la cartela por encima, pienso que está bien que el arte se preocupe por la tierra, pero alguien tiene que preocuparse por el impacto visual inmediato, y eso, casualmente, se me da mejor. El edificio ayuda: el Guggenheim no es un museo, es una escultura gigante que pide competencia. Y competir con una arquitectura así no es fácil 🤣🤣🤣.
Mientras camino entre salas, veo cómo la gente se esfuerza en entender las obras. Se paran, fruncen el ceño, leen, asienten. Yo también miro, claro, pero miro distinto. Miro quién mira. El arte contemporáneo tiene esa ventaja: cualquiera puede fingir que entiende algo durante cinco minutos 🤣🤣🤣. Yo observo el conjunto, y el conjunto suele observarme a mí.
La colección permanente se despliega como siempre: nombres importantes, piezas icónicas, adquisiciones nuevas que pretenden dialogar con el edificio. Y, por supuesto, siempre está esa sensación de que el museo te está diciendo “mira qué serio soy”, mientras tú recuerdas que ahí dentro Richard Serra tiene La materia del tiempo y que fuera te esperan Maman de Louise Bourgeois y Puppy de Jeff Koons, como tres testigos mudos de que en Bilbao el dramatismo también tiene decoración 🤣🤣🤣.
Y, aun así, noto cómo algunas miradas se desvían. No hacia la obra. Hacia mí. No es culpa mía. El Guggenheim amplifica. Hay edificios que te empequeñecen; este te pone foco si tú sabes sostenerlo.

Entre instalación y instalación está el bar. Porque ningún museo serio olvida el alcohol. Yo no bebo, ya se sabe —soy bailarina y el cuerpo se cuida— pero hoy hago una excepción. Aquí una copa de whisky con agua no es vicio, es performance: cristal, agua, reflejos… y una mirando como si el edificio estuviera escuchando 🤣🤣🤣.
Las vistas hacen su parte. La ría, el puente, el paseo. Bilbao siempre ha sido así: elegante, algo contenido, con ese aire de ciudad que observa antes de hablar. Hacía años que no volvía, y hay lugares que te reciben con una mezcla extraña de reconocimiento y advertencia. Como si supieran cosas. Como si recordaran 🤣🤣🤣. Pero eso hoy no se explica.
Vuelvo al bar. Otra copa. O la misma, no importa. El whisky aquí sabe distinto. Quizá es el cristal, quizá es el edificio escuchando 🤣🤣🤣. Recuerdo la última vez que estuve en Bilbao. Fue bonito. Demasiado bonito. Coros improvisados en el casco viejo, gritos, bailes que se alargan más de lo recomendable, corrillos. Al día siguiente una siente un poco de vergüenza, claro. Luego lo entiendes: provocar corrillos también es un arte, y yo siempre he sabido hacerlo.
Hoy el Guggenheim me devuelve esa sensación. No de nostalgia, sino de confirmación. Los lugares importantes no te transforman: te reconocen. Y cuando eso pasa, no hace falta verlo todo ni entenderlo todo. Basta con saber cuándo entrar, cómo deslizarse y en qué momento irse.
El Guggenheim seguirá aquí.
Las exposiciones cambiarán.
Pero el estilo, cuando es real, no caduca 🤣🤣🤣. Y eso no lo certifica ningún museo.