
Entrevista a una operadora de emergencias de Brotelandia– por Lady Cogollos.
Bilbao caía despacio sobre la tarde, con esa luz de ciudad seria que parece no mezclarse nunca del todo con el ruido. Desde la terraza se veía media vida urbana encendida: fachadas, tráfico, cristales, escaparates, el perfil conocido de El Corte Inglés vigilando la escena como un funcionario vertical del consumo, y esa sensación tan bilbaína de que todo puede estar a punto de llover aunque el cielo todavía no se haya decidido.
Había llegado unas horas antes en un vuelo chárter desde Edimburgo, convocada de urgencia por una mujer que hasta hace poco se llamaba Alegría. Ahora se hace llamar Angustias. No por afición al drama, sino por supervivencia administrativa. Desde que la destinaron al 112 de Brotelandia, la pobre ha descubierto que hay emergencias que no salen en ningún manual: alarmas por alusión, síncopes por captura ampliada, denuncias por bikini imaginario y crisis colectivas ante personajes que ni siquiera constan en el registro civil.
Pedí un JB con agua, mucho hielo y ninguna explicación innecesaria. Llevaba mis gafas de sol, guantes finos de verano —porque una cosa es sostener el personaje y otra cocerse las manos en junio—, el cuaderno lavanda sobre la mesa y el bolígrafo con pompón preparado para anotar lo que prometía ser otra página gloriosa del archivo brotelándico.
Mañana, lunes 15 de junio, tendré que cubrir una noticia legal en otro punto de la península y después regresar a Edimburgo para seguir preparando el documental que ya ocupa media agenda y parte de mi paciencia.
Pero no tenía prisa. La prisa, en Brotelandia, siempre la ponen otros. Yo había venido a escuchar. A observar. A preguntar lo justo. A dejar que Angustias, temblorosa, con el móvil boca abajo y cara de haber atendido trescientas llamadas por “posible delito en una sombra”, explicara por qué está solicitando un nuevo destino, un traslado humanitario o, en su defecto, una baja espiritual.
Lucinda, que me acompañaba desde una discreta distancia y dice estar a dieta con la misma convicción con la que Brotelandia dice estar investigando, pidió agua con gas y miró la carta de postres con dolor diplomático. Yo levanté el vaso, sonreí apenas y abrí el cuaderno.
—Angustias —le dije—, empecemos por lo básico: en Brotelandia, ¿qué se considera exactamente una emergencia?
Angustias miró hacia la ciudad, respiró hondo y apretó la servilleta como quien agarra una manta térmica después de un rescate.
—Depende del turno, Lady. En una ciudad normal una emergencia es un incendio, un accidente, una caída, una persona en peligro. En Brotelandia una emergencia puede ser que alguien haya visto una rodilla en una imagen generada por IA, que una canción no se haya borrado de YouTube, que una mujer inexistente esté en bikini o que una cuenta satírica publique algo que recuerde demasiado a la vida real de quien lleva veintiuna horas refrescando el timeline.
—¿Veintiuna horas?
—De media prudente. Hay días que más. Allí no se duerme, se vigila. No se cena, se amplía. No se descansa, se certifica. En el 112 tenemos ya el protocolo: si llaman diciendo “esto lo están haciendo contra mí”, se activa el código alusión. Si dicen “esa señora está detrás”, se activa el código ubicuidad. Si dicen “mañana va a la cárcel”, directamente pasamos la llamada al departamento de profecías no solicitadas.
Abrí el cuaderno lavanda y anoté: código alusión, código ubicuidad, profecías no solicitadas. Angustias me miró con cara de mujer rota por la administración del delirio.
—¿Y esa señora aparece mucho en las llamadas?
—Lady, esa señora aparece en todas partes menos donde consta que esté. La ven en cuentas de hombres de izquierda, de derecha, de humor, de moda, de chicas jóvenes, de señoras mayores y hasta en perfiles que ponen su DNI como quien clava una bandera en la realidad. Da igual. En Brotelandia hay una ley no escrita: si algo les molesta, es ella. Si alguien les responde, es ella. Si alguien no les responde, también es ella, pero con más maldad.
—Curioso. Porque ahora las denuncias entran contra Lady Cogollos.
Angustias soltó una risa breve, nerviosa, de esas que no nacen del humor sino del colapso administrativo.
—Ahí está el fenómeno, Lady. En la cabecera del parte pone Lady Cogollos, contenido satírico, canción, imagen de IA, Lucinda, Diario ASDF o lo que toque esa noche. Pero a los dos minutos de llamada ya no están hablando de Lady. Están hablando de «esa señora». De sus fotos, de sus casas, de sus pensiones, de sus matrimonios, de sus hijas, de sus padres, de su cárcel imaginaria y de su futuro debajo de un puente. Lady publica un espejo y ellos llaman para denunciar el reflejo.
Di un sorbo al JB. El hielo sonó con una dignidad que en Brotelandia habría sido interpretada como amenaza.
—Entonces no denuncian sólo una publicación.
—No. Denuncian lo que creen ver dentro de la publicación. Según los partes, esa señora les acosa, les pone fotos, les arruina la vida, les prepara la cárcel, les certifica hasta el aire y les mueve las cortinas desde una ubicación no determinada. Luego usan sus fotos, las comentan, las recortan, las deforman, las comparan, las exhiben y, acto seguido, llaman diciendo que es ella quien pone fotos ajenas. Es un modelo circular, Lady. Se muerde la cola, pero con expediente.
Lucinda levantó la mirada de la carta de postres.
—Eso engorda menos que un croissant, pero debe sentar peor.
Angustias no rió. Angustias ya no ríe sin autorización médica.
—También nos llaman por amenazas administrativas —continuó—. Que si la van a dejar bajo un puente, que si se va a quedar sin nada, que si han pedido informes al Registro de la Propiedad, que si van a avisar a la Seguridad Social porque han decidido desde el sofá que una pensión es fraudulenta. Allí la investigación social consiste en no saber nada, pero anunciarlo con mucha seguridad.
—¿Y el parentesco? Me han dicho que en Brotelandia también llevan el Registro Civil imaginario.
—Lo llevan entero. Niegan matrimonios, hijos, padres, familias y hasta vínculos afectivos que no les cuadran. Si un marido no les gusta, pasa a ser “no maride”. Si una hija no encaja, se reorganiza el árbol genealógico. Si un padre existe, se revisa. Si una familia no les sirve para el relato, se invalida. Brotelandia no consulta documentos: escucha el oráculo del sofá.
—¿Y el oráculo también diagnostica?
—Por supuesto. Allí saben si un hombre es flojo, si bebe, si no bebe, si quiere, si no quiere, si trabaja, si no trabaja, si ama, si finge, si hereda, si roba o si respira con intención procesal. No necesitan pruebas. Les basta con esa autoridad sobrenatural que les concede llevar tres días sin ducharse emocionalmente delante de una pantalla.
Angustias se bebió medio vaso de agua de un trago. Le temblaba una mano. La otra seguía sujetando la servilleta como si fuera el último documento oficial que aún la separaba del abismo.
—Háblame de las llamadas por desnudos inexistentes.
Cerró los ojos.
—Ahí tenemos una unidad específica. La llamamos Unidad de Píxel Sensible. Funciona así: aparece una imagen de una mujer que no existe, en un contexto que no existe, en Miami, grabando un disco que tampoco existe, vestida con bikini. Entonces alguien en Brotelandia amplía, recorta, sufre, acusa, denuncia y llama. Si la plataforma responde que no hay desnudo, se produce crisis de segundo nivel. Si además la cuenta sigue abierta, pasamos a emergencia emocional. Si la canción tampoco se borra de YouTube, ya hablamos de catástrofe brotelándica con posible necesidad de doble ración de tranquilizante.
—¿Doble ración?
—Eso consta en el folclore local; en nuestros manuales sólo figura como aumento preventivo de Trankimazin. También consta que, tras ciertas resoluciones desfavorables, aumentan los golpes, los gritos y las llamadas vecinales. Los vecinos no llaman porque entiendan la trama, Lady. Llaman porque oyen berridos, muebles, insultos y temen por la integridad de algún abuelo dependiente, una mascota, una planta o una pared maestra.
Lucinda dejó la carta de postres boca abajo, vencida.
—Lo de la planta me ha dolido.
—A nosotras también —dijo Angustias—. En Brotelandia la flora doméstica vive en riesgo cada vez que una plataforma revisa una denuncia y decide que una imagen de IA no es una orgía internacional.
—Entonces —le pregunté—, ¿el problema no es la publicación, sino que la publicación sobreviva?
Angustias me miró como si acabara de resumir seis meses de guardias.
—Exacto. La emergencia real no es el bikini, ni la canción, ni el vídeo, ni el cuaderno, ni la foto, ni el personaje. La emergencia es que no consigan hacerlo desaparecer. Brotelandia tolera mal que algo exista sin pedirle permiso. Y si encima ese algo se ríe, publica, recurre y sigue ahí, entonces ya no llaman al 112. Llaman al universo entero, a ver si alguien les coge el teléfono.
Cerré el cuaderno despacio. En Bilbao seguía atardeciendo con una calma ofensiva para cualquier sistema nervioso brotelándico. Angustias miraba el móvil como quien teme que vuelva a sonar una sirena.
—Una última pregunta —le dije—. ¿Ha solicitado ya el traslado?
Angustias tragó saliva.
—Tres veces. La primera me dijeron que faltaba informe. La segunda, que Brotelandia no constaba como zona de riesgo. La tercera, que explicara por escrito qué era exactamente una emergencia por alusión indirecta con desnudo inexistente y posible señora ubicua.
—¿Y qué puso?
—Que me mandaran a incendios forestales. Allí, por lo menos, el fuego existe.
Angustias se marchó poco después, abrazada a su móvil como quien carga una criatura peligrosa. Bilbao seguía ahí, entero, con sus cristales encendidos y esa calma práctica de las ciudades que no se inmutan porque alguien, en algún sofá remoto, haya confundido una imagen generada por IA con una emergencia nacional.
Me quedé mirando el cuaderno lavanda. Hay cosas que Brotelandia todavía no ha entendido. Pueden denunciar una cuenta, una foto, una canción, un personaje o un bikini inexistente. Pueden conseguir un bloqueo, celebrar una retirada provisional y llamar victoria a un trámite automático. Pero no pueden eliminar a nadie a base de capturas, amenazas administrativas o informes imaginarios. Ni a “esa mujer”. Ni a Lady. Ni a cualquiera que haya decidido no pedir permiso para existir.
La creatividad tiene esa mala costumbre: cambia de nombre, de máscara, de terraza, de ritmo y de vestido. A veces pasa por un metro, otras por una crónica, otras por una copa de JB al atardecer. No se archiva. No se certifica. No se deja debajo de un puente. Como la energía, no se crea ni se destruye: se transforma.
Quien crea, transforma. Quien no crea, vigila. Y puede pasarse la vida ampliando fotos, deformando brazos con Paint y llamando verdad a una rabieta, pero seguirá frente a la misma pantalla, esperando que alguien desaparezca para no tener que mirarse.
Cerré el cuaderno. El hielo se había derretido. Lucinda seguía a dieta. Angustias, probablemente, ya estaría atendiendo otra llamada por alusión indirecta.
Yo pedí otro JB.
Lady Cogollos / Lady Querellas
Columnista en Diario ASDF
Pedagogía legal, estética y moral
Bailarina. No bebo (salvo excepciones)
No insulto: describo
Si te ves reflejada… escucha la canción Cenicero de vida
Esa canción donde alguien se sintió ceniza y decidió pedirle a YouTube que apagara el incendio, como si fuese un vasco 🤣🤣🤣🤣🤣.
De momento YouTube nos permite seguir disfrutando de esta pieza.
Aaahhh. Que ya tengo TikTok también, no olvidéis pasaros por allí 😘😘😘😘